viernes, marzo 31, 2006




Un poco de Nueva Carne


Resulta que estoy un poco tono, lo que para muchos no será ninguna novedad. Resulta que había preparado un artículo para hablaros un poco de la Nueva Carne y he cerrado el ordenador sin guardarlo. Ni una risa quiero oír. Así que, como no tengo ni tiempo ni ganas de repetirlo, resumo.
¿Qué es la Nueva Carne? Pues es un movimiento artístico que surge en los años ochenta en torno al terror y la ciencia ficción y que afecta al cine, la pintura, la literatura, el cómic, la fotografía, ect. El padre es David Cronenberg, que acuña el término en su película Videodrome y su cine es un corpus temático y estético de la Nueva Carne. Lo que se pretende es buscar el terror no en el exterior, si no en el interior. Pero no en un interior espiritual, nada de los viejos terrores y las almas y mentes torturadas, nada de nuestros propios fantasmas internos que se nos aparecen. El terror viene de dentro del cuerpo. Es la carne la que se transforma, muta, engendra tumores, supuraciones, pústulas, apéndices terribles. La Nueva Carne crea terrores tangibles, cercanos. El infierno está en nuestro propio cuerpo o en el del vecino, ya no hay que irse parajes recónditos ni a caserones abandonados; la cajera, el jefe, el cartero, cualquiera puede engendrar en su cuerpo un monstruo, un demonio cárnico y real. El terror de la nueva carne es creíble por que es físico, corpóreo y nuestra mente aborrece mucho más, al menos de forma inconsciente, la perdida y aberración de nuestro cuerpo, que es el que nos identifica como individuos, que a un fantasma, pues al transformarnos en monstruos quedamos solos, al margen de la sociedad.
Otro día profundizaré más. Pero si os interesa podéis echarle un ojo la excelente ensayo coordinado por Antonio José Navarro llamado La Nueva Carne, Una estética perversa del cuerpo, editado por Valdemar Intempestivos. Yo lo encontré en la librería del Reina Sofía.
El primer artista que os voy a mostrar es el fotógrafo Joel-Peter Witkin. En sus obras lo abyecto y grotesco, todo aquello que la moral tradicional y los prejuicios apartarían, se alza para reclamar su sitio. Las deformidades, las amputaciones, la sexualidad transformada por cirugía, todo está en nuestra sociedad y reclama ser oído, aceptado y afirmado. La obra de Witkin crea un mundo sórdido y sucio de engendros que posan en un marco nada lejano a las bellas imágenes pintadas por los prerrafaelistas, como si las composiciones de Witkin fueran bastardos perversos de las obras dichos pintores. Es un mundo de pedazos de autómatas, barracas de feria, colores apagados, un mundo de una desbordante voracidad iconográfica.
Bueno. En el libro que os he recomendado han escrito sobre este hombre gente que sabe mucho más que yo, así que si os interesa ya sabéis. Yo por mi parte os dejo con alginas de sus obras.





Mexican Pin Up

Indulgences, Man with no legs


Los Angeles Detah


Sanitarium


Mother and Child


Two women


Ahí tenéis una pequeña muestra dela obra de Joel-Peter Witkin. Para saber más sobre él ya sabéis, pulsad aqui.

jueves, marzo 30, 2006

Mi vida los últimos días es todavía más oscura y rara que mis historias. Prueba de ello y fiel relfejo esta letra del mejor grupo del mundo IN FLAMES.


' Evil In A Closet '


We were one in words you finished my sentence I could never attract tomorrow it pushes me aside
I sink in waters deep your presence kept me floating
far from where secrets lie
may be in another life time I can be the first you meet
I once read a poem held my breath but that moments gone
first time I felt life some what hurt
I need an option, a reason, and some hope
Yell at me I want to be your light that shines but my ground is shaking and I might fall
I wish that I could say, I wish that I could be your evil in a closet
Yell at me i want to be, your light that shines but my ground is shaking and I might fall I wish that I could say, I wish that I could be your evil in a closet

In Flames



Libro VII

El señor de todas las pesadillas (Parte V, Dentro.)



No sabría decir por que diablos llamaban a aquello castillo. Más bien era un enorme montón de carne de treinta metros de altura, que sangraba y se movía como un inmenso cubo de gelatina. Había dos puertas. Por una, los guardianes conducían a latigazos a las desdichadas pesadillas, según me había explicado Jack, a unas inmensas cámaras donde se las rociaba con un ácido hasta que quedaban convertidas en una masa viscosa, casi líquida, que era devorada por el Señor de Todas las Pesadillas. La otra puerta estaba cerrada y era a la que los dos guardias, sus largos dedos cerrados en torno a mi cintura, me llevaban. Cuando estuvimos frente a la puerta pude comprobar, ahogando una arcada en la boca del estómago, que la sustancia que formaba los muros de aquella cosa-castillo emitía un calor sucio y pestilente. Titubeé pero el fuerte abrazo de los guardias me obligó a seguir adelante hasta que dos pliegues de una sustancia carnosa se apartaron y la puerta se abrió delante de nosotros.
Caminar por el interior de la extraña fortaleza del Señor de Todas las Pesadillas era lo más parecido a pasear por el interior de un esófago. La humedad en el corredor era agobiante, las paredes, rugosas y blandas, rezumaban un extraño líquido y la única luz que había la emitía el cuerpo de los dos guardias que me escoltaban , que ante la total oscuridad que nos rodeaba, parecían tener la curiosa capacidad de volverse luminosos. Era una luz tenue, triste y marchita, pero luz al fin y al cabo.
Llevaba un rato sin escuchar la voz de Jack en mi cabeza y la verdad es que era bastante reconfortante. Me sentía violado llevando aquella carga palpable y tangible en mi conciencia. Sentía su mente aprisionando la mía, intentando hacerse hueco. Su carne estaba unida a la mía y la sentía, como si algo me mordiera cada molécula de mi cuerpo al mismo tiempo y no podía dejar de pensar en si cuando decidiera salir, volvería a dolerme tanto como cuando entró.
El pasillo se movía con espasmos que hacían que todo el mundo de tinieblas por el que avanzábamos se estremeciera. Tenía la camiseta empapada del liquido que rezumaban paredes y techo. Estaba caliente, tan caliente que en ocasiones, cuando me caía encima me quemaba, hasta que se enfriaba rápidamente, como si me estuviesen echando cera líquida.
Por fin llegamos a un una puerta idéntica a la que nos había franqueado la entrada al interior. Una vez más los despliegues se abrieron y una oleada de luz invadió el corredor y tuve que taparme los ojos para protegérmelos. Sin mediar palabra, los guardias me empujaron con gran violencia al interior de la estancia que custodiaba la nueva puerta.
La luz me cegaba y no podía ver nada.
Pero aterricé bocabajo sobre algo duro. Frío. Tacto liso. Abrí los ojos y pude ver que el suelo estaba formado de baldosas blancas. De entre la uniones de las baldosas se escapaba una desagradable masa roja.
Tenía que levantarme por qué había alguien más en la habitación y sentía sus ojos, fríos y poderosos, fijos en mi. Era una mirada dura, como un leve empujón en la espalda.
Me levanté. Delante de mi tenía al Señor de Todas las Pesadillas, y si realmente cuando llegó por primera vez a las regiones blandas era un humano de carne y hueso como yo, esa condición le había sido arrebatada por aquel lugar infernal hacía mucho. La estancia era enorme y de la misma sustancia gelatinosa y sanguinolenta que pasillo. La luz provenía de focos alógenos clavados en la pared. Allí donde se había clavado un foco, un enorme reguero de sangre recorría la pared hasta llegar al suelo de baldosas blancas. El Señor reposaba sus más de cuatro metros sentado en el suelo. Estaba desnudo y de todas las partes de su cuerpo partían lo que en un principio pensé que era cables que se conectaban con las paredes y le mantenían unido al edificio por alguna extraña razón que se me escapaba. Pero enseguida comprendía que no eran cables, sino venas. Venas que transportaban sangre y fluidos desde las paredes hasta el cuerpo de aquel monstruoso ser. Y entonces comprendí muchas cosas. Aquello no era un edifico. Era un tumor descomunal de carne que el Señor de Todas las Pesadillas había incubado en su propio cuerpo para guarecerse dentro de él. De echo su espalda estaba unida la pared que tenía detrás con un espeso y rojizo trozo de carne macilenta. Comprendía que la estancia donde se llevaban a las pesadillas no era otra cosa que un inmenso estómago, donde tenía lugar una cruenta y abominable digestión y el limo resultante era lo que las venas trasportaban hasta el cuerpo central, hasta el corazón enorme y corrupto de aquel tirano. De esa forma tan atroz y aborrecible obtenía su poder. Por segunda vez desde que había llegado a las regiones blandas, no pude contener el vómito y expulsé el contenido de mi vacío estómago por el suelo de la sala. Semejante aberración era más de lo que mi organismo podía soportar. Estar en aquel recoveco del cuerpo de un monstruo, apestando a sus entrañas a su humedad intestinal, cubierto de aquella secreción pringosa. Mi mente no estaba preparada para eso y me derrumbé. Caí al suelo de rodillas y lloré desconsoladamente al tiempo, que en un ataque de histeria, trataba de quitar de mi cuerpo y de mis ropas cualquier sustancia que se me hubiera quedado adherida. La aprensión ancestral de cualquier ser humano a verse manchado o cubierto por cualquier secreción corporal que no hubiera sido producida por su propio cuerpo, adquiría allí dentro dimensiones apocalípticas. Estaba fuera de mi. Mi enfrentamiento con el Señor de Todas las Pesadillas había terminado tópicamente antes de empezar. Se reía al verme destrozado. Se reía a carcajadas y yo esperaba el momento que dejase caer sus cuatro metros de carne amorfa y rojiza, cubierta de pequeñas venas palpitantes y pelos negros empapados de sudor, encima mía.
-Por fin. Todo el poder acumulado en estos siglos de nada sirve con este cuerpo deforme e inservible. Apenas si puedo moverme. Pero tu cuerpo será perfecto para mi. Abandonaré este cascarón inservible y podré cruzar la frontera hasta nuestro antiguo hogar. Se donde está y mi poder allí será mil veces superior al que tengo aquí, pues la física imperante en el mundo real no es nada con la locura existencial que rige las regiones blandas.
Yo no escuchaba su discurso, estaba demasiado ocupado frotándome de forma compulsiva tronco y extremidades. Le escuché levantarse y dar enormes pasos hacia mi, pero solo me preocupaba liberarme de aquel aire fétido, de aquel asco que me recorría de arriba a bajo paralizándome. Ya lo tenía encima cuando una voz surgió desde lo más hondo de mi ser
y un inusitado valor llegó de no se dónde.
Ahora me toca a mi, dijo Jack. Y yo me levanté y miré a los ojos del Señor de Todas las Pesadillas.


Ilustración por Brom.

martes, marzo 28, 2006

Takashi Miike y Eli Roth.

Tras la última entrega de mi pequeña historia, una recomendación. No, una orden.
No dejéis de ver Hostel, de Eli Roth.
Cuando pensaba que el gore estaba obsoleto, esta película llega y me golpea justo en la entrepierna. Que conste que a mi no me gusta el gore, en el sentido estricto de la palabra. Me parece bastante efectista y poco más, ni siquiera llega a incomodarme, pues suele ser bastante vacuo y falso. Pero hay joyas que si consiguen traspasar una puerta más y abrir un nuevo camino al cine, encontrando nuevos lenguajes y mostrando la atrocidad con todo el realismo de que el cine es capaz. Por citar algunos casos, la oreja de Reservoir Dogs, la amputación de la pierna en la fantástica Audition o la fritura del yakuza en Ichi the Killer, ambas de Takashi Miike, las devastadoras consecuencias de la misteriosa enfermedad que afecta a los protagonistas en la sorprendente Cabin fever, ópera prima de Eli Roth. Y, ¿por qué no?, las heridas de guerra que tan crudamente reflejó Spielberg en Saving private Rayan.
El gore está ahí. En la calle, mucha gente es torturada y mutilada en el mundo cada día y es perfecto que el cine se acerque a ello y tenga el valor de tratar de reflejarlo. Pero si se refleja algo tan terrible, no se puede frivolizar con ello (a no ser que lo hagas tan bien como Peter Jackson -Braindead, Bad Taste-)
Esta película golpea no solo por la fuerza de sus imágenes, sino por la desoladora imagen que da de la raza humana, cruel por necesidad, despiadada, voraz y caníbal. Desde los monstruosos psicópatas que la pueblan, los desalmados que se enriquecen gracias al sufrimiento de otros, los niños, todos. En el universo Rothiano nadie se salva, todos llevan algún oscuro ricón dentro. Cuando acabé de verla no se si estaba más horrorizado por las escenas que había visto o por el mensaje que se ma había quedado grabado, que somos todos unos bastardos, unos siempre y otros en determinados momentos, pero bastardos al fin y al cabo.
Además, los fans del terror oriental se verán recompensados con la aparición del ya mencionado Takashi Miike. Recordemos, hablando de Miike, que en el estreno de una de sus últimas obras en el festival de Cannes, creo recordar, el resptable público allí congregado se escandalizó hasta tal punto, que muchos no acabaron de ver la película. Bueno se escandalizaron todos menos un tipo, que no paraba de reirse. Semejante individuo se llamaba Quentin Tarantino, productor de Hostel.
Hay un nuevo vaquero en la ciudad del cine violento, tan cercano a mi adorada nueva carne. Un nuevo cachorro, que junto a Rob Zombie, Tarantino, Miike, segirá escandalizando nuestra retina y golpeando nustras conciencias, enseñando en el cine lo que muy pocos se atreven o saben mostrar.
Libro VI.

El Señor de Todas las Pesadillas. (Parte IV. Ciudad de Pesadilla)


Cuanto más tiempo paso en las regiones blandas, más las aborrezco.
Nuestra mente es sólida, carne, sangre, tejidos. Todo lo suficientemente sólido para anclarnos a la vida, a la realidad. Una vez nuestros esquemas mentales nos tienen sujetos, con la seguridad de que ninguna tormenta existencial nos va a barrer del mapa, podemos fabricar todos los mundos que queramos o podamos en el interior de nuestras cabezas. Pero esas creaciones son blandas, frágiles nubes de humo y en cuanto nos amenazan, basta con pensar en otra cosa. Pero aquí no es tan fácil. La ceraciones son sólidamente terribles y pueden devorarnos con la misma facilidad que un león devoraría a una cría de antílope. Toda la magia perversa de la raza humana cobra consistencia atroz en las regiones blandas. Si solo con la inteligencia conseguimos ser increíblemente crueles, imaginaros si a esa inteligencia se le uniese el poder de nuestra imaginación y todas aquellas atrocidades que somos capaces de imaginar pudieran cobrar forma.
Pero este pensamiento tan funesto, es a la vez el único que mantiene viva una leve esperanza en mi ánimo. Somos capaces de imaginar cosas terroríficas, pero también somos capaces de idear cosas hermosas. Quizá allá una región de este maldito mundo en el que reina la belleza en lugar de la oscuridad, la armonía en lugar de la locura, y no te aceche un peligro tras cada sombra.
Pero todos eso pensamientos idílicos, ahora mismo, están fuera de lugar, por que, desde luego, la Ciudad de las Pesadillas, no es ese sitio. Como describirlo. No tengo palabras, o más buen tengo todas. Basta con recurrir a todas las palabras con una connotación negativa del vocabulario que conozco.
Cáncer. Desde luego no es una ciudad. Es un tumor palpitante que se extiende a mis pies por un valle de una extensión enorme. Es como si la isla fuera un inmenso gigante y la ciudad fuera un sarpullido en su piel.
Terrible. Esta sin embrago se queda corta. ¿Es solo terrible ver edificios formados por cuerpos humanos usados como ladrillos?. Entrelazados entre si por brazos y piernas, formando muros, tejados. En algunos cuerpos se pueden ver todavía los pantalones y camisas blancas que visten los enfermos mentales que viven en la ciudad situada camino arriba. Los edificios se mueven y gimen, por que muchos de sus desdichados componentes están aún vivos y gimen al ser aplastados, rotos sus huesos, por el peso del conjunto. Esto produce que las paredes de ciertos edificios sangren y las calles, por las que ya paseo, estén empapadas de sangre coagulada, vómitos, excrementos y secreciones de todo tipo.
Así la lista de palabras sería infinita y no me acercaría a describir semejante espectáculo.
Es imposible calcular cuantos desdichados han perecido, están pereciendo en este momento, en la construcción de semejante engendro arquitectónico.
-El mayor problema que tenemos -dice Molly-, es que los materiales de construcción mueren y los edificios se vienen a bajo. Por no hablar del olor, claro. Nuestra ciudad está siempre en construcción.
- Esto es horrible -digo.
-Ya te he dicho que no debes juzgarnos. Estamos hechos con lo peor que lleváis dentro. No sabemos hacer las cosa de otra forma -se queda callada como si oyera algo que yo no puedo captar-. Además, Jack dice que no hay demasiados materiales de construcción en este erial.
Caminamos por las calles y los pies se me quedan pegados la suelo, cada paso produce un sonido asqueroso.
-¿Dónde vamos?
-Al camino que lleva al castillo del Señor. Allí estarán sus guardias, cuando te vean te llevarán hasta él.
-¿Así de fácil?. Me capturan y me llevan ante él. ¿Cómo se supone que voy a vencerle así?
-Todo se explicará en su momento.
A mi derecha. En una loma alta, fuera de la ciudad, puede verse una inmensa nube azul que decora el cielo perpetuamente nocturno. Una maraña de figuras, empequeñecidas por la distancia, parecen salir de ella y dirigirse, loma abajo, hacia la ciudad. Pregunto quienes son y Molly me responde con una enigmática sonrisa en los labios.
-¿No lo sabes? Son las nuevas pesadillas que tus congéneres no paran de soñar y crear. El poder del Señor de Todas las Pesadillas las atrae hasta aquí.
Los miro a ella y a Jack. Realmente, de entre toas las pesadillas que veo en la ciudad, a cual más terrible, ninguna me parece tan odiosa como ellos dos. No se si será por que yo soy su creador.
-¿Y vosotros? ¿Qué significáis? ¿Qué trataba de decirme mi cerebro?
-Me temo que eso tendrás que averiguarlo tú. Es como si alguno de tus dioses te preguntara que significas tú, por qué te ha creado él.
Caminamos durante algunos minutos hasta llegar al límite de los edificios. Allí, un camino serpentea hasta una edificación de formas veladas por la oscuridad. Por el camino desfila una interminable hilera de pesadillas. A ambos lados del camino, unas extrañas criaturas laceran a las pesadillas con unos látigos del color blanco. Deben ser los guardias de los que me ha hablado Molly. Son bastante más altos que Jack. Van desnudos, pero no perecen tener ningún aparato genital ni ningún orificio en su piel blanca, excepto una enorme boca permanentemente abierta y circular llena de colmillos. Ni ojos, ni nariz, nada. Me fijo mejor y veo que los látigos no son tal, sino sus dedos que alargan y encogen a voluntad. Aunque he visto pesadillas con una aspecto bastante más intimidador que los guardias, por alguna extraña razón, nada hasta ahora me ha producido una sensación tan terrible en la boca del estómago. Si los guardias son así, como no será el Señor.
Mi ánimo empieza a flaquear, pero Molly y Jack no me dan tiempo. Me empujan tras un muro y Jack me agarra en una abrazo que casi me ahoga. Lo último que oigo antes de que el dolor ciegue mis sentidos, es la voz de Molly diciéndome justamente eso, que me va a doler. Pero el dolor es demasiado normal y prosaico para explicar lo que siento. La piel de la pesadilla empieza a fundirse con la mía, carne disuelta en carne, hueso absorbiendo hueso. Su piel devora la mía y se me mete dentro, muy dentro, dentro a un nivel molecular, sus átomos fundiéndose con los míos. El dolor es como si me pariesen hacia adentro, si mi existencia se replegase dentro de mi. Luego siento sus sangre recorriendo por mis venas, caliente; finalmente, su esencia empapando mi alma, abrasándome. Cuando todo termina, me miro las manos, me toco el cuerpo, y todo parece estar en su sitio. No siento nada especial dentro. Ni siquiera estoy dolorido. Pero entonces el dolor vuelve y una voz dice en mi cabeza: Ves hacia ellos, te llevarán ante el Señor.
No es la voz de Molly. Es una voz que aunque no he oído nunca, reconozco al instante. Es la voz de Jack.
Comienzo a andar para hacer lo que me pide.

jueves, marzo 23, 2006


Canto.


Ella era la reina de la crueldad y de todas las cosas malas.
Cuentan, que en su trono de pesares, lloraba y lloraba mares de ácido y dolor.
Lloraba porque sus esfuerzos morían a sus pies como abortos a medio hacer y los veía desvanecerse...
Lloraba porque no era capaz de moldear un mal tan perfecto, una saña tan deliciosa o un rencor tan puro, como los que habitaban en el interior del corazón del más puro y bondadoso de los hombres.

Ilustración por Brom, Masque.

Libro V

El Señor de Todas Las Pesadillas (Parte III. Jack Y Molly)


Las primeras en llegar fueron las pesadillas. No creo que nunca se pueda estar preparado para ver lo que las regiones blandas les hacen. Allí las pesadillas no son meras evocaciones fantasmales de nuestro subconsciente. En las regiones blandas las pesadillas toman carne, se hacen corpóreas y se convierten en monstruos orgánicos, latientes, que adoptan las más terribles de las formas.
Delante de mi tenía a tres pesadillas que eran la embajada enviada por la ciudad. A mi espalda, la congregación de dementes se agitaba por el terror que la presencia de los monstruos les producía. Uno de esos monstruos era una joven violada por dos hombres. Se desplazaba con manos y pies indistintamente, miraba cono ojos de tres cabezas diferentes y hablaba con una única voz por tres bocas. La otra tenía la forma de un hombre que perdía los dientes y estos le volvían a crecer de inmediato para volver a caer un instante después, entre escupitajos de sangre y saliva. El hombre que debió soñarla y crearla debía estar aterrorizado, pero la pesadilla aceptaba su condición sin ningún problema.
La tercera era distinta. Parecía ser el líder, y por lo que pude saber después, el líder de toda la ciudad de las pesadillas. Era una vieja conocida y al verla un terror puro y ancestral me contrajo la espina dorsal. No estamos -y no creo que pueda estarse jamás- preparados para afrontar nuestras propias pesadillas fuera de nuestro mundo interior. Cuando dejan de ser humo, volátiles, cuando se hacen sólidas y te devuelven la mirada con ojos de locura y fascinación, de magia y destrucción. No me avergüenza admitir que casi me desmayé cuando vi delante de mi a un funesto sueño mío del pasado convertido en un ser de carne y hueso. Tenía cuerpo de hombre y medía más de dos metros. La cabeza estaba cubierta por una máscara que imitaba la cara de un conejo, con dos botones por ojos. En la cara del ficticio animal podía leerse locura desquiciada y era muy desagradable ver la demencial mueca en la que estaba torcida de forma permanente la boca del conejo. Al fijarme un poco más pude constatar que la careta no era tal, sino que esa era la cara real de la criatura, piel blanca y acartonada, carne dura y sudorosa. Sujetaba en la mano derecha un enorme cuchillo de carnicero y en la izquierda una horrenda muñeca de trapo de sonrosados carrillos y pelo rubio de lana. Pero sería más correcto decir que, tanto el cuchillo como la muñeca, más que sujetarlos, eran dos apéndices más del cuerpo del monstruo. Estaban unidas a las respectivas manos por venas, tendones, músculos y tejidos orgánicos. El ser llevaba una camiseta de rayas rojas y blancas verticales y unos tejanos azules, un atuendo demasiado normal para lo demencial de su imagen. Me pregunté que demonios estaba tan podrido dentro de mi para que mi mente creara semejantes engendros cuando se veía libre de las cadenas del consciente.
La pesadilla levantó la mano izquierda y la muñeca me miró con ojos cristalinos, vivos. Su boca se abrió y habló.
-Tú nos soñaste -dijo-. Así que se puede decir que eres nuestro padre, ¿verdad?
No contesté.
-Perdona, somos unos maleducados. Este grandullón es Jack -aquí el conejo hizo una ademán de saludo con la cabeza- y yo soy Molly.
Definitivamente mi cabeza era un infierno de la peor calaña, Jack y Molly. Mi cerebro había juntado en aquella aberración los nombres de Jack el Destripador y de una de sus víctimas.
Luego Molly presentó a las otras dos pesadillas con dos nombres que no recuerdo.
-¿Qué queréis? -fue lo único que acerté a preguntar.
-Fácil -respondió Molly- El Señor querrá comerte. Hay poder dentro de ti, pues has llegado hasta aquí, como hizo él en su día. Si te come tendrá la fuerza suficiente para transgredir las fronteras y volver al mundo real con todo el poder que ha robado en las regiones blandas a base de sacrificar y devorar pesadillas. ¿Te imaginas lo que eso podría significar?
-Vosotros os alimentáis de estos pobres diablos -dije señalando a los locos que seguían agazapados detrás de mi, a pesar de que eran más de un millar-. No os imagino tan altruistas como para preocuparos de lo que le pase a la gente que vive en el mundo real.
Jack miró con una evidente mueca de desprecio a los asustados enfermos.
-¿Te olvidas de quien nos ha creado? -preguntó Molly-.Nos acusas de ser monstruos y nos miras con aprensión y asco, pero no ves que si somos así es por que vosotros nos creáis, por que estamos hechos con toda la mierda que lleváis dentro. Amasados con vuestras envidias, temores, rencores, traumas y encerrados en estos cuerpos deformes que tenemos que arrastrar por toda la eternidad. No eres quien para juzgarnos. Nuestros asquerosos cuerpos necesitan alimentarse y no es culpa nuestra, solo queremos sobrevivir Pero hay una forma de que podamos dejar en paz a esos infelices en su tormento y salvar tu mundo. Muerto quien nos esclaviza, podremos liberarnos de estos cuerpos y volver a ser energía pura y libre. Ayúdanos a acabar con el Señor de Todas las Pesadillas.
Los babeantes enfermos que se agolpaban detrás mía empezaron a vitorearme , seguros otra vez de que yo era su salvador y cuando dije que lo haría, empezaron a chillar de forma lastimera y a correr en dirección a su desangelada ciudad para dar la buena nueva al resto de habitantes.
Dentro de mi la desolación me quemaba las entrañas. Desolación por mi soledad. Porque una vez más me veía empujado a matar, y a matar al único ser semejante a mi que había en ese maldito mundo. Desolación porque no eran motivos altruistas los que me empujaban a ayudar a las pesadillas . No me importaba salvarlas ellas o la los locos. Tampoco me importaba salvar mi mundo, mi vejo mundo. Por lo que yo sabía, podría hacer más de mil años desde que me fui. El recuerdo de mi paso por aquel mundo, el recuerdo de mi vida allí y de mi propia persona había desparecido, polvo esparcido por el vacío de la mente. ¿Cómo podía sentirme ligado a un mundo si ni siquiera recordaba haberlo habitado jamás? No tenía ni la seguridad de que fuera real, pues no recordaba haberlo visto. No. Era solo egoísmo y afán de supervivencia lo que me embarcaba en la cruzada de Jack y Molly y todas las pesadillas. Si ese hombre quería matarme, intentaría matarlo yo antes. Así que seguí a las tres pesadillas hacía su ciudad mientras los dementes gritaban mi nombre.



Ilustración por Clive Barker

martes, marzo 21, 2006

Salmo II
Estas son las últimas cosas -escribía ella-. Desaparecen una a una y ya no vuelven nunca más

Paul Auster, El país de las últimas cosas.


Salmo III


Es nuestro deseo siempre peregrino de las cosas desta vida, y así, con vana solicitud anda de unas a otras sin saber hallar patria ni descanso.

Francisco de Quevedo, Sueños.


Salmo IV

Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias.

Miguel de Unamuno, Niebla.



Ilustración por David Ho
Libro IV

El Señor de Todas las Pesadillas (Parte II. Almas a medio perder)






No se muy bien por qué, pero miro en el bolsillo de mi maltrecho pantalón y allí están. Frías, sólidas, más sólidas que nada en este maldito mundo. Dos monedas.
Mantengo el puño en alto, cerrado en torno a los dos círculos de metal, como si me costase separarme de ellas, de lo más tangible y cotidiano que me he encontrado desde que me vi atrapado en esta locura. Finalmente las suelto y caen al cuerpo-barca de Caronte y observo como pliegues de carne y piel macilenta se las tragan. Mientras veo como desaparecen, no puedo evitar pensar que he pagado el precio de mi propia destrucción. El barquero da la vuelta y se aleja lentamente. Hasta que el sonido de sus remos desaparece en la noche.
La isla no es tanto una isla como una inmensa roca de color negro. Puedo ver caminos tallados por no imagino que manos, pero ni rastro de vida. Ni un árbol, ni un animal. Nada. Tampoco hay rastro del castillo que mencionó el Caronte.
Tomo el primero de los caminos que salen del embarcadero. Lo elijo porque en la dirección en la que serpentea, a lo lejos, puede verse un débil resplandor. Un respuesta o un peligro. Pero, ¿qué sentido tiene vivir escondido en este mundo de pesadilla?.
Mientras camino trato de recordar detalles de mi vida real, pero es inútil. Me doy cuenta rápidamente de lo estéril del gesto. ¿Vida real? ¿Acaso no estoy atrapado aquí? Esta es la vida real ahora para mi y de nada sirve entrar en valoraciones de si es justo o no el que me vea prisionero en las regiones blandas. Dato tangible: es aquí donde me encuentro. Dato tangible: esto es real. Puede que una forma de realidad distinta a la que daba antes por sentada, pero real al fin y al cabo. Tan real que puede matarme, devorarme y destruirme a cada paso que doy.
Apesadumbrado me percato de que no sé si es justo o no que este aquí. No recuerdo nada de quién o cómo era. Quizá soy un criminal, un asesino, quizá esto es un castigo. Puede que solo me mintiera a mi mismo diciéndome que mate aquel niño para sobrevivir. Quizá lo hubiera matado de todas maneras. Puede que no sea mejor que los monstruos que me he encontrado hasta ahora. Pero este pensamiento me da renovadas fuerzas al abrirme un nuevo campo de visión, quizá sean ellos los que deban temerme a mi. Quiero pensar que en el mundo real soy una buena persona y estos pensamientos me asustan, pero van con migo, son un compañero extraño. Los traía con migo o ha sido esta tierra perturbada la que me ha hecho crearlos.
Dato tangible: sigo andando. El suelo es duro.
Dato tangible: hay alante hay algo.
Delante mía, en una basta extensión de terreno, hay una amalgama de construcciones ruinosas, hechas con trozos de cartón y pedazos de madera. Tras las ventanas, que no son sino huecos en las pobres paredes, se adivina pequeños focos de luz y diseminadas por aquí y allá, en los espacios entre construcción y construcción, que no me atrevería a llamar calles, puede verse el inconfundible fulgor de hogueras. No se quien habita esa chabolas, pero como la noche sigue siendo fría, decido arriesgarme con tal de poner mis maltrechos huesos un instante ante el fuego.
Mi presencia no tarda en ser detectada y en la ciudad empieza a rugir el sonido de los murmullos que anuncian la llegada de un extraño. Tenso los músculos, preparado para luchar o en su defecto, y con más seguridad, para salir corriendo. Pero no detengo mi avance.

Son una imagen dantesca. Almas en pena que me contemplan como quien ve un milagro. Están pálidos y los ojos se les hunden en la cara en una mezcla de dolor y enfermedad. Solamente algunos parecen percatarse de mi presencia, pues la gran mayoría tiene la mirada perdida en algún punto lejano de la creación. Al contemplarlos, creo que comprendo lo que debieron sentir los primeros soldados rusos o americanos que entraron por primera vez en un campo de concentración.
Algunos extienden manos temblorosas hacia mi, como si no pudieran dar crédito a lo que ven sus ojos y quisieran cerciorarlo con el tacto. Otros lloriquean como niños. Otros gritan de forma desesperada o ríen con carcajadas demenciales que les deforman la cara mientras babean de forma asquerosa. Pero lo que más me aterra es que no siempre están aquí. Puedo ver como desaparecen y reaparecen de forma intermitente. Unos tardan apenas segundos en volver a aparecer. Otros minutos y algunos desaparecen de forma permanente, aparentemente.
Al principio eran solo una veintena, pero ahora son varios centenares los que se a agolpan en torno mía.
-¿Quiénes sois?-preguntó.
No hay respuesta. Se me quedan mirando como muñecos idiotas, como si no entendieran mis palabras. Entonces un murmullo empieza a tomar forma hasta que todas las gargantas allí congregadas hacen suyo el mismo grito, que solo es una palabra, Wong.
¡Wong!¡Wong!¡Wong!
Entonces un hombre se abre paso entre la multitud. Es asiático, así que debe ser el tal Wong. Bajito, delgado, con un camisón blanco y la cabeza rapada, como casi todos los hombres allí presentes, y algunas de las mueres también.
Estoy a punto de preguntarle algo cuando desaparece y me quedo atónito. Pero pronto reaparece.
-Eres sólido-dice-. El único hombre sólido que ha conseguido llegar hasta aquí fue él.
-El Señor de Todas las pesadillas -digo.
-Sí.
-¿Quiénes sois?¿Por qué desaparecéis?
-Somos enfermos mentales -dice Wong-. Aquí es donde va a parar un enfermo metal cuando su locura le arrastra fuera de la consciencia sana que es el pasaporte al mundo real. Cuando desaparecemos es porque vamos al mundo real, conseguimos estar cuerdos, lúcidos. A veces es por una enorme fuerza de voluntad, otra por un estímulo externo y las más de las veces por la medicación. Algunos se van más tiempo que otros, pero todos volvemos, excepto los psicópatas, que siempre están aquí y en el mundo real. Difícil existencia. Víctimas aquí y monstruos allí.
- ¿Víctimas?
-Aquí somos el alimento de las pesadillas, cuya ciudad está siguiendo el camino, hacia el norte. Ellas se alimentan de nosotros y el Señor de ellas. Así es el juego. Muchos creen que tú nos salvarás.
-Apenas puedo salvarme a mi mismo. No sé ni como estoy vivo todavía.
Cuando escuchan esto, la inmensa mayoría rompe a llorar o a maldecir, excepto unos pocos que permanecen impasibles. Supongo que esos son los psicópatas.
-Pronto vendrán a por ti -continua Wong-. O la pesadillas, que querrán que les liberes del Señor. O los guardias de este. El Señor sentirá mucha curiosidad por el único humano sólido que ha sido capaz de llegar hasta aquí, a parte de él mismo.
Una estruendo el la parte norte de la ciudad. Chillidos. Aullidos de temor y de rabia. Locos llevados por una locura mayor a la suya. Una multitud que corre hasta donde nos encontramos. Wong me mira y sonríe.
-Ya están aquí. Veamos quienes han sido los primeros.


Ilustración por David Ho.

lunes, marzo 13, 2006

Libro tercero.

El Señor de Todas las Pesadillas. (Parte 1ª)


La puerta comunicaba con una pradera que parecía un inmenso mar gris en la noche cerrada. Un viento fresco me golpeaba la cara y se clavaba en mi camiseta mojada, como un centenar de grapas que atravesaban mi piel. La noche era una inmensa boca en la que no tenía más remedio que zambullirme con los ojos cerrados, pues volver sobre mis pasos al interior de aquella habitación era un gesto completamente estéril y aterrador. Mejor mil horrores sin forma dibujados a medias por una imaginación sobrexcitada que aquellas paredes ruinosas, el cadáver fofo del niño y la puerta del baño recibiendo las embestidas del engendro que había escapado del bidé.
El suelo era blando y en la penumbra apenas podía verlo. Caminaba pisando algo blando pero sólido que supuse era algún tipo de vegetación que la poca luminosidad me impedía ver y de la que apenas si podía distinguir unos débiles contornos.
Avanzaba por aquella inmensidad de negrura abrazando mi cuerpo para protegerme del frío.
El cielo no era nada. Un pozo de ausencia en el que solamente se adivinaba el dibujo de algunas nubes iluminadas por la luz de una luna ahogada tras capas y capas de oscuridad. Mientras contemplaba aquellas nubes, lo único que se me ocurría era rezar por que no se pusiese a llover. No sabía si en aquellos confines de la existencia, si en las regiones blandas, una pulmonía te podía matar, pero prefería no comprobarlo.
Paso tras paso por aquella planicie desolada, sin un rumbo fijo ni un solo punto en el que orientarme. Una huida sin un perseguidor claro y sin un destino al que dirigirse. Un gesto vacío, un acto de desesperación, una ausencia de cordura. Era un estrella mortecina que agonizaba en medio de la nada al final del universo. El único punto de luz en medio de la oscuridad voraz que devoraba mi camino. Era una oscuridad cada vez más espesa, palpitante, casi sólida y cada segundo que pasaba envuelto en ella más tenía la sensación de que estaba viva y yo era su almuerzo. Me sentía cansado y cada vez tenía más ganas de sentarme en aquel campo de desolación y descansar, dormir, que la oscuridad devorara mi carne si quería, empezaba a darme bastante igual. Es curioso como la inminencia de una destrucción apocalíptica de tu propio ser resta importancia a muchas cosas. ¿Quién era yo para luchar contra el cosmos? Entonces me di cuenta. Desde que desperté en aquel baño, desde el primer momento en que fui consciente de que había quedado atrapado en las regiones blandas, había tenido intención de escapar y la creencia de que podría hacerlo. Pero, si no se sabe cómo llegar las regiones blancas, ¿no será mil veces más difícil escapar de ellas? En ese lugar lo imposible y lo posible caminan de la mano y los límites se entrecruzan. Quizá exista una salida, pero hay que pasar por cientos de fosos de imposibilidad y posibilidad confundidas, un fango amorfo de probabilidad y raciocinio donde todas las pautas que te hacen sentirte seguro en un mundo tangible y sólido quedan reducidas a estiércol, una amalgama del color de la desesperación. Puede que la oscuridad estuviese consiguiendo su propósito, que la forma de devorar a sus víctimas fuera esa, empezar por introducirse en su interior y comerles las esperanzas. No lo se. Pero apenas tenía fuerzas para seguir. Me derrumbé de rodillas y sentí el tacto de la extraña vegetación a través de la cual llevaba horas avanzando. El frío había dejado de tener importancia y lo único que equería era un poco de luz, un rayo de luna bendito que diera algo de forma a toda aquella pesadilla, que dibujara contornos en la noche y me dibujara a mi en ella, así quizás podría tener fuerzas para seguir mi huida. En medio de toda esa negrura empezaba a confundirme con la simpleza del paisaje; la aterradora oscuridad me estaba robando mi forma al no poder compararme con otros objetos, al apenas poder discernir mi silueta, la de mis manos, la de mis piernas. Así era como se alimentaba, así era como me devoraba. Una rayo de luz que me permitiera ver que había a mi alrededor me permitiría comprender que yo no era parte de aquella monstruosidad, que no era un trazo más de oscuridad.

Y mis deseos fueron escuchados.
Y en un principio creí que era una bendición, pero cuando mis ojos y mi mente tuvieron acceso al mundo que me rodeaba, fue cuando más cerca hasta entonces había estado de sucumbir.
Las nubes se retiraron y pude sentir como la noche chillaba, pues aquella luz era una herida abierta y sangrante en su piel. Primero sus rayos y luego la luna misma, una luna grande y de un leve tono rojizo que iluminaba el mundo casi como si se tratase de un atardecer.
Y el mundo estaba allí. Para mi desgracia.
Mientras mis ojos se acostumbraban a la nueva luminosidad, no veía nada extraño en el páramo que llavaba una eternidad recorriendo. Pero fue cuestión de tiempo que lo viera. Mi vista se fijó en la extraña vegetación que había estado pisando en mi caminar y el corazón se me detuvo literalmente por unos instantes. No eran plantas. No eran tallos seguidos de sus ramas y sus hojas lo que sobresalía del suelo y cubría toda la inmensidad de la planicie. Eran manos. Manos humanas plantadas en el suelo y mecidas por el viento de forma lastimera. Millones de manos cubirendo aquel maldito campo hasta donde alcanzaba la vista. Miré el camino por el que había venido y pude contemplar el caótico rastro de dedos rotos y heridas en palmas y dorsos que mis pasos habían producido.
Me faltaba la respiración. Ese era el fin de los que se dejaban devorar por aquella maldita noche. Pasar a formar parte del infinito cultivo de almas que alimentaban aquel erial, cuyo único vestigio mudo eran aquellas tristes manos que parecían atrapadas en un último intento por escapar de su prisión.
No podía permitirlo. Las nubes se estaban volviendo a cerrar y sabía que el próximo asalto de la oscuridad sería el último y decisivo. Así que corrí. Corrí más allá de la razón y del dolor, sintiendo como las nubes volvían a cerrarse en torno mía y la luna me dejaba solo a mi merced. Corría de forma desesperada aplastando miembros de pobres diablos en mi carrera.
Atravesé un pequeño bosque pero no quise fijarme que era lo que formaba aquellos árboles, aunque en la penumbra quizá no podía haberlo visto.
Tras el bosque detuve mi carrera en seco pues mis pies se hundieron en el agua.
Allí la noche no era tan cerrada y mi vista alcanzaba a ver una basta extensión de agua y en el horizonte la silueta de una isla se dibujaba entre las sombras. Ya no me sentía perseguido, pero no podía volver atrás. Estaba atrapado entre aquel monstruo de negrura y su siniestra plantación o aquella inemsidad de agua. Hundí las manos en el líquido y salieron completamente manchadas de algo que parecía pintura. Era como si aquel lago, o mar, a lo que fuese, no fuera más que una enorme pintura al óleo.
Aquel descubrimiento me dejó atónito, pero pronto un sonido proveniente del agua llamó mi atención. Una silueta, de una embarcación al parecer, se acercaba a mi. No podía huir, así que, llevado por no se que impulso, comencé a andar hacía ella, sumerjiéndome cada vez mas en la viscosa sustancia que imitaba al agua. Cuando me lleagaba por el pecho me detuve y esperé hasta que pude ver que era lo que se aproximaba hacia mi. No era exactamente una embarcación. Era una especie de criatura de rostro cadvérico, mitad barca y mitad humano, que avanzaba por las aguas remando con dos apénedices carnosos llenos de venas que terminaban en una forma parecida a la de un remo. Lo que debían ser sus piernas eran la imitación orgánica de una barca y su cuerpo se levantaba sobre ella. LLevaba un sombrero de copa bajo el que caía una sucia y enmarañada melena negra. Cuando llegó hasta mi se detuvo.
-Soy el Caronte -dijo con una voz nauseabunda-. Quieres cruzar el lago hasta la isla y hasta el castillo que hay en ella.
-¿Es esta la laguna Estigia? -Pregunté.
-Solo la triste copia que las almas avistan en sus pesadillas. ¿Quieres cruzarla?
-¿Quién vive en el castillo?.
-El Señor de Todas las Pesadillas. Pero yo solo te dejaré en el embarcadero. Hasta el castillo tendrás que llegar tú.
Como no tenía ninguna opción más, sobra decir que acepté. Me agarré al costado de la embarcación y me encaramé a ella, no sin tener que reprimir una náusea al tocar la extraña piel de la criatura, áspera y llena de pelos pequeños y duros.
Con un par de golpes de sus brazos en forma de remo giró y se puso en camino hacia la isla.
Salmo I


-Sabéis lo que he soñado -dijo Frank-. Podéis proporcionar el placer.
En el rostro de la cosa se abrió una brecha, los labios se curvaron en una sonrisa de desprecio: la sonrisa de un babuino.
-No como tu l o entiendes- fue la respuesta.
Frank iba a interrumpir pero la criatura alzó una mano que lo silenció.
-Existen estados de las terminaciones nerviosas -dijo-, estados que tu imaginación, por febril que sea, no podría siquiera evocar.


Clive Barker, Hellraiser.

Ilustración por Clive Barker

viernes, marzo 10, 2006

Libro segundo.

¿Quién debe morir en un mundo sin reglas?

Me despierto porque el agua que moja el suelo del cuatro de baño me empapa la ropa. Las baldosas, que en otro tiempo debrieon ser blancas, están frías y se me pegan a la piel como la escarcha. Miro a mi alrededor y por un momento deseo que el sueño hubiera velado mi memoria para así olvidar el acto atroz que he cometido. Pero ese sentimiento dura poco porque sé que en estos mundos las leyes físicas y temporales no funcionan igual que en el mundo real, así que mucho menos las morales. Aquí nada existe y si nada existe nada está realmente vivo y la berrera entrela vida y la muerte se difumina. En este mundo no soy un asesino, soy un superviviente, aunque nisiquiera se por qué quiero sobrevivir. No sé que significa exactamente sobrevivir en el reino de lo blando, de lo incompleto. ¿Acaso sobrevivir no es más que dar un paso más?¿No esfumarse en la nada?
Estoy de pie y no veo el cadáver del niño. Mi primer pensamiento es que quizá se esfumó, pues a quí poco o nada duran las cosas. Pero recuerdo que antes de dormirme lo metí en el bidé y lo tapé con una manta empapada y mugrienta que encontré tirada en un rincón. No puedo evitarlo y procuro no mirar. Todo forma un conjunto de lo más macabro. La pálida sombra de mi mismo en la que me he convertido, con el pelo y la ropa sucios y empapados, el bulto oscuro y terrible oculto bajo la manta en el bidé, la cadencia rítmnica del agua cayendo al suelo encharcado. La luz de la escuálida bombilla que, de forma enfermiza y escasa, alumbra la estancia, empieza a fallar y se que pronto me quedaré a oscuras, entre la humedad, el sonido de las gotas repiqueteando en las baldosas y el bulto en el bidé. La perspectiva no me parece nada alagüeña. Dos segundos de oscuridad absoluta y juro por lo más sagrado que me ha parecido ver como la manta se movía. Aquí, como ya he dicho, apenas sí existe una línea divisoria entre la vida y la muerte. Es posible ir y volver de un lado al otro. Pero nada te garantiza que seas igual que cuando partiste. Los breves intervalos de oscuridad provocados por el fallo de la bombilla son cada vez más numerosos y empiezo a estar seguro de que algo bajo la manta se está moviendo, pero es muy posible que no sea en absoluto parecido al niño que encontró la muerte a mis manos.
Desde que he despertado no he oído a mi perseguidor hacer ruido fuera. Las opciones están claras. Una: me quedo aquí a ver que engendro sale arrastrándose del bide. Dos: abro la puerta del cuarto de baño y veo que me espera fuera. A cual peor. No es nada reconfortante la seguridad de verte bastante jodido.
Otro fallo de bombilla y un desagradable sonido, parecdio a un gorgoteo, se escucha en el bidé, ahogado por el peso de la manta empapada.
La decisión está tomada.

Estoy en una habitación vacía. Solo hay una mesa y una triste bombilla, que debe ser de la misma familia de la bombilla del baño. La puerta del baño está cerrada y al otro lado oigo una criatura gritar y golpear las baldosas y la puerta, pero por suerte parece aguantar y no se abre. El papel de las paredes oculta su dibujo original bajo capas y capas de mierda. Cae en sucios jirones que cuelgan hacia abajo, como si hubieran intenatdo arrancarlo unas manos desquiciadas. El techo está desconchado y el suelo esta cubierto de cascotes blancos que se se debieron descolgar hace decenios. No sé por qué, pero en la habitación reina una extraña luz azulada que no parece salir de la bombilla y que es como si me manchara la piel y la ropa, no me alumbra, me mancha, se me queda pegada.
La luz se apaga y decido no moverme. Es mejor no moverse.
Unos pasos, claros y nítidos, aunque livianos. No se acercan a mi. Se encaminan a la mesa.
La luz vuelve y con ella la capa azulada que afixia el ambiente.
Juanto a la mesa hay otro niño. Está de espaldas a mi. Solo lleva un pañal blanco lleno de suciedad. Es muy gordo. Pliegues y pliegues de piel grasienta, también manchada por la luz azulada, caen por sus costados y espalda. Su cabeza empieza a girar en angulos que yo no me atrevería a intentar y de súbito, con un ruido quedo y desagradable, cae al suelo. No puedo verle la cara, solo la nuca, y el cuerpo del niño sigue en pie como si nada hubiera pasado. Estoy tentado de decir algo pero me lo pienso mejor. El cuepro descabezado se agacha, coge su cabeza y la coloca en la mesa. Luego la gira para que la cabeza pueda mirarme.
Una fuerte náusea recorre mis entrañas y vomito con tanta fuerza que puedo ver el color rojizo de la sustancia que ha slido de mi boca. La cabeza ni se inmuta, sigue mirándome y sonriendo.
-Aquí no deberías ser tan débil- dice. La voz es la de un hombre adulto y no parece salir de su boca, sino del cuello cercenado del cuerpo obeso que sigue inmutablemente de pie.
-Lo tendré en cuenta.
-¿Por qué has matado?
-Para salvarme, claro -respondo.
-¿Eres tan arrogante qúe crees que tu existencia debe salvarse acosta de la de otros? Eres un mal nacido. Es un acto de cobardía no aceptar el fin de uno y provocar el fin prematuro de otros para salvarse. Eres un sapo inmundo.
-¿Y quién dicta quíen debía salvarse en ese cuarto de baño? Yo no acepto las leyes de este lugar de locura. No me vengas con reglas. Esta es la ley del desespero. Aquí las fronteras entre una cosa y otra se ablandan y se esfuman. Es la ley del más fuerte.
La cabeza vibra de ira ante mis palabras, no sé si por que le ofenden o porque sabe que lo que digo es cierto. Se que es un ser poderoso y no es apropiado hablarle así, pero yo también los soy, o no hubiera aguantdo vivo en esta pesadilla más de una hora.
-Debería castigarte -dice después de un breve silencio-. Pero será más divertido ver como te engullen los mil horrores que te esperan tras esa puerta.
No se como no me he dado cuenta, pero tras la mesa, detrás de la cabeza, hay una puerta de madera. La cabeza ya no habla más, entre otras cosas, por que ha empezado a derretirse y en unos segundos no es más que una sanginolenta mancha marrón oscuro que cae al suelo por los bordes de la mesa. El cuerpo fofo del niño en pañales cae al suelo pesadamente.
No hay muchas opciones posibles, me acerco a la puerta recién descubierta, dando un rodeo por la pared para no acercarme ni a la mesa, ni a la mancha que antes fuera la cabeza, ni al cuerpo que reposa en el suelo. La puerta está abierta. Una bocanada de aire me recibe desde el otro lado.

jueves, marzo 09, 2006

Libro Pirmero




¿Tendré algo importante que decir? Seguramente no, así que usaré esta página como medio de exorcización de mis demonios y plasmaré en ella todos esos sueños y pesadillas que rondan por mi mente. No tendrán más que el puro valor literario, y quizá ni ese, pero algo es algo.
Este es el incio y todo lo demás no existe.
Hoy desperté en un cuarto de baño. Algo fuera me perseguía. Simplemente podía sentirlo. Las paredes manchadas de verdín por la humedad y por una mancha parduzca de mugre. El suelo resbaladizo a causa del agua que goteaba de grifos y cañerías de forma descontrolada. Apenas si podía verme reflejado en el espejo por la espesa capa de suciedad marrón. Pero allí estaba seguro. Era mi pequeño y mugriento escondite. Entre el agua sucia y el mal olor yo era el rey de los desperdicios. Ese era mi lugar. Yo era intocable y lo que me perseguía fuera no podría alcanzarme allí jamás. ¿No?
El niño me miraba con ojos de cordero ignorante. Me preguntaba por que no veía miedo en su rostro. Ese maldito cuarto de baño era un lugar infecto y si yo no sabía como demonios había lleagado allí, un mocoso de de tres años menos. Esos lugares fuera de ninguna parte en general no son sitio para un niño. Esos lugares en medio de la nada, lugares creados a base de pegotes de terror, miedo y complejos. Pero el niño no parecía tener miedo. Se limitaba a mirarme con ojos de cordero ignorante mientras mi perseguidor no paraba de hacer ruido fuera.
El maldito niño señalaba algo. Señalaba a la bañera. Y entre la cortina medio caída podía ver al fanstama, que hace un segundo no estaba allí. Tenía el aspecto de una fotografía de principios de siglo que se había mojado. Supongo que en otra vida debió ser una mujer. Me miraba con un odio atroz que yo no comprendía, pero si comprendía que quería gritar, que quería llamar la atención de mi perseguidor, por que me odiaba. Y yo conozco las reglas de estos mundos, porque en parte los creo yo. La solución era clara. El niño era el vínculo del fantasma. Era su fuerza.
Cuando lo recuerdo me parece aborrecible la facilidad con que mis manos se cerraron en torno al cuello del niño y retorcieron la carne hasta que el hueso soltó un lúgubre crujido.