sábado, abril 29, 2006

El plan de Lemeret.

Conoció a Lemeret antes de que se hiciera famoso, cuando no era más que una pintor cualquiera que pagaba insignificantes sumas de dinero a cualquier chica del barrio que quisiera posar para él.
Ella no lo hacía por el dinero, ni mucho menos. Desnudarse delante de los pinceles de aquel joven era como salir de la miseria por unas horas. Allí, en el mugriento estudio del pintor, entre lienzos manchados, restos de pintura, botes de comida a medio vaciar por las cucarachas, en medio de ese agujero negro a espensas del mundo, ella no era una perdedora. Allí, justo allí, en ese pequeño fragmento del universo, justo en medio de la nada, cuando él clavaba sus ojos y toda la magía que llevaban detrás en ella, todos los focos la alumbraban y sentía como algo pequeño brillaba en su interior.
Mientras los pinceles vagababan por el lienzo, podía sentirlos acariciar su piel, húmedos, frescos, empapados en pintura como sangre espesa, deseando su carne, queriendo atravesarla para llegar hasta su alma, agarrarla y coserla al lienzo, sujetarla con fuerza contra la tela blanca y dejarla allí para siempre.
Era un mago cruel y despiadado, y ella lo sabía. Su mirada no veía personas, veía geometrías corpóreas perfectas para perpetrar su mundo retorcido y siniestro, ese mundo de sus cuadros, caliente y palpitante, que ella no era capaz de soportar. Cuando dejaba los pinceles y se le acercaba, sus manos eran duras, como de roca. Cuando la tumbaba sobre alguna manta sucia tirada sobre el suelo del estudio, sabía que no la deseaba, que no quería su cuerpo caliente en la forma que los demás hombres lo querían. Sabía que él la acariciaba y la penetraba solo para medirla, para explorarla, para llegar dentro, muy dentro de ella, tan dentro como nadie podría ni querría llegar jamás, tan dentro que pudiera sacar todo lo malo que había en ella, sus temores, su envidia, su odio, su rencor, todo lo oscuro que la llenaba. Le sentía dentro igual que sentía los pinceles dentro de su cuerpo, las manos metidas hasta los hombros, removiendo sus entrañas, buscando todo aquello que pudiera servirle para perpetrar esos crímenes que él llamaba cuadros. Siempre cerraba lo ojos mientras él la poseía, intentando centrarse en el placer, aislándolo para agarrarse a el. Lo importante era no mirarle, esperar el orgasmo lejos de él y de los cuadros que la miaraban de forma burlona desde los rincones oscuros del estudio, cuchicheando entre ellos, riéndose y lanzando miradas amenazadoras.
Desde el primer día había sabido que no podría luchar contra él. Era un demonio. Muchas veces, mientras la pintaba, sus ojos se volvían blancos y lanzaba violentas brochadas contra el lienzo y murmuraba lejanas palabras que ella no podía entender, y era entonces cuando de verdad le parecía que los demás cuadros que ya había pintado estaban vivos y chillaban con desesperada y demencial alegría.
Pero ella seguía acudiendo. Todo era mejor que morir de astío en medio de la mediocridad.
Con el tiempo, él ya no usaba ninguna modelo que no fuera ella, pero sabía que no había ningún absurdo motivo romántico detrás de aquella decisión. Si la había elegido a ella, era porque encajaba perféctamente en sus planes, nada más. Algo en su cuerpo o en sus entrañas era idóneo para el plan.
Sí, siempre tuvo la sensación de que todo era parte de algún terrible plan. Y cuando Lemeret desapareció, el plan le fue revelado.
Sus cuadros llegaron a manos de un marchante que quedó fascinado. Los cuadros se darían a conocer al mundo. La mañana de la inauguración ella estaba allí. Aunque hubiera preferido estar muerta.
En medio de la galería, con las luces haciéndoles obscenas caricias, con todas las miradas clavadas en ellos, los cuadros desplegaban toda la maldad que llevaban dentro. Él había pintado el mal, el mal absoluto que el ser humano alberga. Pero no lo había hecho guiado por un sentimiento artístico, no era una investigación pictórica. Aquello era un canto a la maldad absoluta, una reverencia al dolor, a la crueldad, al miedo. Los cuadros eran crueles, horribles, latían con una furia y una rabia que amenazaban con romper el lienzo y dejar sueltos a los monstruos que guardaban. La obra de Lemeret quería corromper, desquiciar, pervertir a todos aquellos que la contemplaban y dejar mil demonios sueltos por el mundo.
Y en medio de todo estaba ella. El retrato que él le pintó. Desnuda, tumbada en la manta, con la piel blanca brillando de forma antinatural, alumbrada por una luz que ningún ser humano normal podía ver. Era todo aquello que su humanidad y bondad quería desterrar, auquello que debía ser enterrado, que todos los hombres y mujeres debían enterrar. Había sido violada, sentía sus garras hundidas en el fondo de su alma y de su cuerpo, arrancándole sus secretos y pegandolos a pinceladas sobre un lienzo en blanco.
Cuando chilló a todo el mundo que no miraran esos terribles cuadros, la tomaron por loca y supo qu el plan de Lemeret se había cumplido a la perfección.

Pintura: Pubertad, Edvar Munch.

viernes, abril 28, 2006

Hoy va de estímulos.


Early sunday morning, Edward Hopper.

Nada más poner el pie en la calle a las siete, el mundo me ha dado la bienvenida a una magnífica mañana clara, en la que los pájaros tenían montada la revolución francesa pajaril y el aire olía a río, a vegetación joven, a primavera.

Por la calle, entre portales, obras y coches, decenas de fragmentos de canciones llegaban a mis oídos y los sentimientos y estados de ánimo subían y bajaban, oscilando entre emisoras de radio y canciones.

Frente a unos buzones plateados, mi cara se veía perfectamente reflejada. Lo ojos claros, la barba, un mechón de pelo sobre la mejilla. Me he movido a la derecha, hasta un buzón que estaba hundido por un golpe. Mi cara entonces era deforme. Con que facilidad el mundo puede barrer de un plumazo lo que creemos ser, igual que las leyes de la óptica han borrado el reflejo de mi rostro con solo dar un paso a la derecha.

Pasaba una mujer con un perro. Un chucho de esos con los pelos de cualquier manera y uno ojos llenos de personalidad. Andaba como el auténtico rey del barrio. Me he quedado mirándole, claro, como hago con todos los perros con los que me cruzo. La mujer ha visto la sonrisa que se ha dibujado en mi rostro y le ha dicho al perro, “dile, hola, amigo, ¿Cómo estás?”. El chucho se ha detenido, me ha mirado y, por supuesto, no ha dicho nada, pero se ha esforzado por poner una cara que dijera exactamente eso. Luego me ha hecho una inclinación de cabeza, muy digno él, y ha seguido su camino. Por un momento me ha parecido estar dentro de una película de Miyazaki.

Paso por una calle y me llega un fantástico olor a comida. Había una ventana abierta en un primer piso y tras ella una mujer cocinaba. Me he detenido uno segundos, solo para deleitarme con ese fantástico olor, para que me subiera en volandas hasta la ventana y probar un poco de aquel delicioso guiso. Por un segundo he estado tentado de decirle a la mujer que lo que estaba cocinado olía de maravilla. Luego, suponiendo que me iba a tomar por un chiflado, me lo he pensado mejor y he seguido mi camino.

Un hombre de unos sesenta años, parado en la cera, sigue con los ojos y la cabeza el paso de una chica que camina delante mía. Sus globos oculares aplauden sin ningún disimulo el trasero de la joven y luego se vuelve hacia a mi, con una enorme sonrisa en el rostro, toma una enorme bocanada de aire, llenándose los pulmones, se encoge de hombros y se marcha en dirección opuesta, silbando.

Cosas como estas han llenado mi mañana. Esos detalles que hacen que los engranajes del mundo funcionen. Cosas insignificantes, pero que me hacen pensar que quizá no todo sea oscuro, que exista un mundo distinto de estas sombras desde las que os escribo cada semana.

Así que, he dado un paso más al frente y, empapado de sol, he tarareado para mis adentros, “what a wooonderfull wooooorld”.

lunes, abril 24, 2006

Los colmillos de Madrid.



Drugstore, Edward Hopper

La noche del sábado me ocurrió algo extraño.
Había quedado en Madrid con los señores Canichu y Chicogris. Salí de casa con mis mejores galas y me subí al autobús que habría de llevarme a la gran ciudad. Acomodado en mi asiento, no tardé comprender que me iba a ser imposible librarme de los post adolescentes que poblaban el vehículo y de sus estridentes voces, que se afanaban en hacernos a todos partícipes, quisiéramos o no, de sus planes de botellón. Tratando de huir, en cuanto el autobús abandonó las viejas calles de mi ciudad, lancé los anzuelos de mi mente y mi vista hacia la oscuridad que reinaba más a allá de mi ventanilla. El de fuera parecía otro mundo. Sosegado, tranquilo, atemporal. Dejé mi mente y mi imaginación bucear por la oscuridad, y las luces de los edificios que rápidamente quedaban atrás eran como pequeños pececillos que solo se aproximaban tímidamente y acariciaban fugazmente el alma. Era un mundo lejano, triste, pero como parecía que nadie más que yo se percataba de él, era mi mundo, y era mucho más agradable que escuchar al Alvarito José de turno preguntar, entre risas y a viva voz, si habían comprado o no los vasos. Cogí el móvil y le mandé un mensaje a María, no me acuerdo, pero decía algo así como desde la ventanilla, el mundo era triste, de luces de neón decadentes, desnudo de calor humano.
Pero nada dura eternamente. El tipo que iba detrás mía interrumpió mis ensoñaciones por tercera vez, teléfono en ristre. Para entonces, yo ya sabía con quien iba a cenar, con Paula, donde, en el Lateral -tendré que ir algún día-, quien iba a salir más tarde, Ana, que no tenía muchas ganas pero se había dejado convencer por Almudena, que iba a cenar con unos amigos de su pueblo, pero como no conocía a casi nadie, se iba a escapar pronto. Pero lo más importante era que Alonso no iba a salir, cosa que a mi compañero de viaje le complacía en extremo, porque no tenía ninguna gana de verle.
Cuando por fin colgó, intenté volver a perderme en mi mundo, pero era tarde, ya estábamos llegando al túnel de la estación de Avenida de América. Allí, la penumbra reinante en el túnel y mi exacerbada imaginación me iban a dejar un último regalo. A mi derecha, mi autobús iba dejando atrás a algunos viejos camaradas, modelos antiguos que debían estar fuera de servicio; bajo tierra, eran como viejos bestias que de forma lastimera habían ido a morir allí, en las entrañas de Madrid, en la oscuridad ancestral que reina bajo toda gran ciudad. Mi autobús redujo la marcha y al pasar junto a los moribundos vehículos, si te acercabas mucho a la ventanilla, parecía verse en el interior de ellos una legión de tristes fantasmas, atrapados en las entrañas de aquellas bestias de metal y cristal.
Pero me estoy desviando. Lo que me ocurrió es otra cosa.
No sabía dónde exactamente estaba el bar en el que había quedado con mis camaradas, así que me dispuse a peregrinar por las calles hasta que lo encontrara. Así iba por Madird, el semblante bajo, algo deprimido por acontecimientos recientes, el cuerpo castigado por la juerga de la noche anterior y por una lesión en la pierna, culpa del fútbol. El viaje en autobús, como siempre, me había cargado de nostalgia, y allí seguía la condenada, caminado a mi lado, sin decir nada, pero siempre presente.


Atardecer en la calle Karl-Johan, Edvar Munch.

Entonces lo noté. Algo en el estómago, congoja, o desazón, no lo sé. Pero supe enseguida que la provocaba. Sencillamente aquella noche, justo aquella, la ciudad me aterraba. No es que tuviera miedo a que mi atracaran ni nada de eso, era un miedo mucho más profundo, un miedo atemporal. La ciudad se me mostraba hostil, amenazante, oscura, como si prolongase a propósito sus afiladas luces para herirme. Habría sus mandíbulas y me dejaba deambular por sus fauces llenas de edificios fríos, rincones oscuros y mareas de vidas en las que yo no era más que una gota. Me dejaba vagar por sus mandíbulas esperando la dentellada final en cualquier momento, tras cualquier esquina. Ante ella yo era insignificante finito. Ella masticaba el tiempo y escupía vidas por sus alcantarillas y ventanas todos los días. En sus calles se barrían cada mañana cientos de historias jamás contadas y que caerían en el olvido, historias como la mía.
Más perdido que de costumbre, apreté el paso, maldiciendo por no encontrar el endemoniado bar donde maese Canichu y maese Chicogris, la caballería, me esperaban.
Es una estupidez, lo sé. Pero así fue como me sentí en aquello minutos. Es raro, porque amo Madrid, amo las grandes urbes y su noches llenas de posibilidades. Pero esa noche, por un breve instante, la ciudad me mostró sus colmillos, quizás solamente para que no me confíe demasiado.

sábado, abril 22, 2006


Cuando despiertas del sueño de la vida y tines que vivir de verdad, es muy fácil ahogarse. La corriente me arrtastra y no soy capaz de tomar el gobierno de mi pequeña embarcación, que hace aguas por todos lados. Me arrastra en la dirección opuesta y se que no habrá vuelta, aunque lo intente mil veces. ¿Soy relamente tan débil? ¿No puedo luchar contra los vientos que me empujan y me alejan?
La habitación huele a cerrado, a polvo acumulado sobre los libros de las estanterias. Huele a soledad, a autocompasión. Huele a un inmenso agujero negro. Huele a todo menos a ti. ¿Puedo vivir en en un mundo que no huela a ti?
Si me levanto de la cama tendré que ser consciente de mi mismo, tendré que verme en el espejo, disfrazarme de persona para salir a la calle a contemplar un mundo de cartón piedra, inanimado. Un escenario de teatro de marionetas en el que me han soltado con las cuerdas cortadas.
La habitación está oscura. Estoy solo, ni siquiera están mis demonios, siempre fieles, pues se han quedado con tigo. No te enfades con ellos, solo intentan demostrarte que te quieren, aunque no conocen muchas formas de hacerlo.
Debajo de las mantas solo soy una sombra más. Una sombra doliente por todo el alcohol ingerido en la pasada noche, que parece tan lejana, como un mundo paralelo al que no pertenezco y en el que solo pude habitar por unas horas. Mi mundo es este, la habitación sucia, la ropa tirada por el suelo, varios libros a medio leer, algunos discos fuera de sus cajas, el ordenador; todo un mundo de pequeños detalles tangibles que me saben a nada, arena que se me escapa entre los dedos, una construcción que se desmorona, pues tú eras quien le daba consistencia.
¿Qué es todo esto que me rodea? ¿Dónde estoy? No sé como se ha transformado en este desierto mi mundo, que una vez fue fértil. Sé donde perdí el rumbo, pero ya no puede volverse atrás, las ruedas del tiempo están vedadas para los mortales como yo.
Sé donde perdí el rumbo. Una frase poderosa e inservible. Sé donde perdí el rumbo. Si pudiera saber como volver a encontrarlo.
La habitación huele a cerrado. A alcohol. Bajo mis mantas solo hay sombras y vacio. He intentado encontrar tu piel desnuda un par de veces, sabía que no estaba ahí, pero pensaba que quizás, si te imaganiba con todas mis fuerzas, una pequeña parte de ti se materializaría y llenarías el hueco.
Pero no estás aquí. La habitación no huele a ti. Solo a polvo.
Debajo de las mantas soy una sombras. Si me quedo aquí quizá la oscuridad me consuma. Si, eso sería tan hermoso.

Ilustración por Yoshitaka Amano.

miércoles, abril 19, 2006

Acabo de terminarme la Biblia de neón. Si estaba deprimido, la verdad es que la atmósfera asfixiante del libro no me ha animado mucho. Mientras lo leía, me parecía estar dentro de un cuadro de Hopper. Ese ambiente rural de los Estados Unidos de primera mitad del siglo XX, ese sol sureño, deslumbrante y agobiante. En el libro, como en los cuadros de Hopper, flota una tristeza atroz, aplastante, una atmósfera cerrada de la que deseas que el pobre protagonista escape cuanto antes. Así que, como el libro me ha recordado a él y resulta que es uno de mis pintores preferidos, por no decir que es mi preferido -que se peguen el y Munch y me quedo con el que gane- y además es el que mejor refleja en sus pinturas mi estado de ánimo en los últimos tiempos, pues os voy a poner algunos de los cuadros que más me gustan.

Chair car.















Cuando contemplo trenes y autobuses, sobre todo de noche, siempre me invade una profunda melancolía. El viaje en solitario puede ser el incio de algo grande, o de una sonoro fracaso. vamos hacia una vida mejor o a meternos de lleno en la más absoluta soledad. Siempre identifico este cuadro con esos pensamientos.

Hotel room.

















Siempre me pregunto si está feliz o triste. Ha empezado una nueva vida o está escapando de algo. El rostro está velado por una leve sombra, como si Hopper hubiera querido que nos preguntáramos eso mismo.
Claro que una huida siempre puede ser el cominezo de una nueva y mejor vida.
Lo bueno de este cuadro es que está en Madrid, en el museo Thyssen-Bornemisza. Me encanta ponerme frente a él. Es inemnso, pero no me refiero a sus diemensiones espaciales, en inmenso espiritualmente hablando.

Nighthawks.











Este cuadro siempre me evoca esas noches de depresión y cerveza, luces tenues y música lenta, en la barra de algún bar con algún amigo. Esas noches en las que no sabes si tienes ganas o no de que se acaben y llegue la mañana. Por la mañana el hechizo siempre se rompe, pero a veces la luz del sol cura heridas, a mi por lo menos.


Morning sun.













Lo que os decía. Uno de los pocos cuadros de Hopper que no me deprimen. Nadie ha pintado la melancolía como él, pero este cuadro es una canto a todo nuevo amanecer, a mi por lo menos me inspira eso. Mietras quede una amanecer hay esperanza, ¿no?

New York movie.















Muchas veces voy, o más bien iba, al cine solo,
nada más que por refugiarme durante dos horas del mundo. Hay una magia balsámica especial en el cine. Este cuadro me recuerda eso. Ella parece muy triste y los colores cálidos del cine parecen ocultarla, protegerla. Me encanta como ha reflejado la luz artificial del pasillo. Esta luz solo puede verse en los viejos cines, entre moqueta y cortinas rojas. Son lugares mágicos.

Summer evening.














Este es uno de los que más me recuerda a La biblia de neón. Es el típico ambiente rural que os he comentado antes. Citas furtivas en la ncohe, en porches mal iluminados, miradas carcelarias através de las cortinas.
Pero puedo olerse el aire de las noches de verano. No hay nada mejor en el mundo que una noche de verano, sobre todo en compañía, de alguien que te gusta, o de buenos amigos.

Bueno, espero que mis opiniones de aficionado no hagan que se revuelva ningúna entendido en arte.
Libro X.


Cuatro sombras. Dos a izquierda y derecha, una alante, otra atrás. Ya no llovía. Seguía tronando a lo lejos y el cielo era gris. Pero era un gris más claro, como un gris perla lleno de luminosidad, como si todos los rayos de sol le estuviesen empujando desde atrás y estuviera dispuesto a resistirse hasta el último aliento.
Cuatro sombras que me miraban fijamente. Cuando desperté ya estaban allí, como estatuas solemnes de niebla, volátiles y poderosas a un tiempo. El viento hacía que pequeños hilillos de sombras se despegaran de sus cuerpos de sombra y bailaran en el aire con semblante distraído, como si todo aquello no fuese con ellos.
Todo aquello iba con migo.
Las sombras, a su vez, tenían en el suelo pegadas otras sombras que se alargaban hasta llegar a mis pies. Fue de repente cuando pequeños tentáculos oscuros se alzaron del suelo de piedra y me agarraron los tobillos con fuerza. Recuerdo que su tacto quemaba.
Somos tus miedos. Tus complejos. Tus prejuicios. Tus anhelos frustrados. Sus voces sonaron en todo el valle, pero ninguno de los ocupantes de las otras plataformas pareció oírlos.
No dijeron más. No hacia falta. No estaban allí para hablar, no tenían obligación de explicarme nada. Eran depredadores y solo querían cobrarse su presa. En el mundo real, a menudo somos víctimas de nuestros propios complejos, o limitaciones, o miedos, y ello nos impide llevar una vida plena, alcanzar las metas que nos habíamos impuesto. Pero en las regiones blandas era distinto. La regiones blandas se alimentan de las pesadillas y de todo lo podrido y oscuro que la humanidad lleva dentro. Aquí todo aquello que en el mundo real nos limita y luchamos por superar, se convierte en monstruos voraces que ven por fin la oportunidad de devorarnos de verdad. Aquí su poder se multiplica y pueden tomar forma. Yo había visto todo lo podrido que llevaba dentro y eso me había derrumbado. Aquello les dio fuerza para salir de mi, para crearse un cuerpo y una mente, con la única idea de destruirme grabada a fuego, con letras rojas muy claras. Comprendí que ese era el destino de muchos de los humanos que quedaban atrapados en la regiones blandas. Los que no perecían destrozados por alguno de los miles de horrores que pululan por aquellos mundos, eran devorados por las representaciones tangibles de sus traumas en el mundo real.
Tentáculos de oscuros, idénticos a los que habían surgido del suelo, salieron disparados de los cuerpos de las cuatro sombras y se me clavaron por todo el cuerpo. Chillé de dolor y tuve una fugaz imagen de mi mismo visto a lo lejos desde una de las otras plataformas, tal como yo había observado a los demás prisioneros los primeros días de mi llegada.
Los tentáculos eran viscosos y dejaban caer pequeñas gotas de sombra al suelo empedrado.
Entonces empezó el proceso. Algunos tentáculos segregaban alguna sustancia inmunda en mi interior, mientras que otros succionaban mi esencia y la llevaban directamente a las sombras. Todo mi ser, físico y mente, se estremecía. Me agrandaba y empequeñecía, me surgían apéndices que al segundo desparecían bajo pliegues de carne. Me estaban transformando. Ese era su plan. Me estaban robando mi yo y me inoculaban uno nuevo, uno diseñado por ellos. Me estaban transformando en lo que ellos querían. Cuando algo te niega tu existencia a todos los niveles, no hay dolor igual. Cuando te borran y te reinventan tal como una mano extraña quiere, diluyéndote en una líquido pringoso de nada.
Pero no iba a ser tan fácil. Pensé en todo lo que había vencido para llegar hasta allí. No podía permitir que yo fuera mi peo enemigo, con todas las alimañas que había ahí fuera, dispuestas a devorarme. Con un gesto agónico y desesperado me arranqué los tentáculos y de las heridas comenzó a manar un líquido oscuro y espeso. Las sombras se llevaron las manos a la cabeza y se agitaron, como sacudidas por un tremendo espasmo de dolor. Pero quizás era demasiado tarde. Mi cuerpo estaba deformado y deshinchado. No era más que una pellejo flácido que no debía de guardar más que un ligero parecido con el que había sido antes. Me arrastré lentamente por la piedra de mi plataforma, aterrado ante la idea de que las sombras se recuperaran y volvieran a atacarme. Llegué hasta el borde y me lancé al vacío sin pensármelo. No sabía si para huir de las sombras, o por ser incapaz de asimilar en lo que me había convertido.

Ilustración por Clive Barker.

lunes, abril 17, 2006

Melancolía, Edvar Munch.

Te veo dormir. Cuando duermes eres como un animal enjaulado, siempre acechante tras los barrotes de la jaula. En cada leve bocanada de aliento que sueltas puedo oler una porción de tu fuego. Así, dormida, eres como un cuadro de colores calientes y todo, las cortinas, el sudor de tu piel, el camisón blanco húmedo que se te pega, todo parece inmortalizado en pinceladas precisas pero apasionadas. Te contemplo, y los minutos y las horas parecen darme una tregua y aguardar fuera de la habitación y pienso que quizá, si no te despierto, tu sueño no se interrumpa nunca y no te irás, serás mía, aunque ausente, pero viva y caliente, tangible. Si despiertas nos diremos las palabras precisas y nos regalaremos las últimas y agónicas caricias y luego caminarás, sin atreverte a volver la cabeza, para no verme inmóvil, mirando como te marchas. Construirás una vida plena, colmada de todo aquello que mereces, pero lejos de mi. Si te dejo aquí dormida, solo serás un pálido reflejo de lo que hubieras sido, pero serás mía.
Mis egoistas utopías no retrasarán el momento de tu partida, lo sé. En unas pocas horas, dejarás de ser, en mi parcela de la realidad al menos, un apersona real y te convertirás en un recuerdo, así de frágiles somos. Te convertirás en una imagen en mi mente, velada cada vez más por el paso del tiempo, como una fotografía cuyo papel se vuelve amarillo según pasan los años. Llegará un momento en que pensaré en ti y reconstruiré en mi mente aquellos momentos que vivimos y no me parecerán reales, y puede que no lo sean, por que ya no podré tocarlos, ni oírlos, ni saborearlos y no tendrán ninguna difrencia con otros que pudiera inventarme y que jamás ocurrieron. Quisiera transgredir por un momento las geometrías perfectas del tiempo y el espacio y recorrerlos ambos por caminos ocultos, fuera del alcance de la física. Quisiera poder tocarte, pero no ahora y aquí, si no la mujer que serás, la mujer en la que todavía tienes que convertirte y que vive muy lejos de aquí y de ahora. Andaría por corredores paralelos al mundo, para acariciarte con la punta de los dedos en tu nueva vida, sin que tú me notaras. Un último frenesí de proximidad hacia ti. Esa es la cuestión. Preferiría convertirme en un fantasma que roba breves momentos de tu vida, a que tú te transformes en un espectro perdido en mi memoria. Pero la realidad es cruda y decarnada. Te contemplo con miedo de tocarte, para que no te despiertes y aprovechar hasta el último segundo de tu presencia. Encadeno mi respiración a la tuya, cierro los ojos e imagino, como he hecho mas de cien veces en toda la noche, que hoy no es hoy, que no te vas a ir, que aún queda un mañana. Cuando los mañanas se acaban ya no hay donde agarrarse.

martes, abril 11, 2006

Otro derrumbamiento.

Hoy he visto otro derrumbamiento y es algo que me sigue apenando. Gracias al maldito boom inmobiliario, cada pedazo de suelo de mi ciudad, como el de cualquier otra, vale una fortuna. Es por culpa de esto que legiones y legiones de escavadoras asaltan las calles y asesinan sin piedad, con fuerza y dientes de acero, a pobres viejos edifcios. Me pregunto que pensará, si pudiera pensar, un pobre edificio en el momento de su derrumbe, cuando las palas de la escavadora hienden sus muros y los cristales saltan y una nube de polvo empaña la visión, justo un segundo antes de que el peso venza y todo se venga abajo. Pensará en todos esos años en color sepia, cuando la pintura de sus paredes todavía relucía y la gente que llenaba sus pasillos era joven. Pensará en como se iban unos y venían otros y en como el tenía amor y cobijo para todos, aceptando a cada nuevo inquilino en su seno, en sus tentrañas de espacio, aire y muros. Recordará los tiempos en los que se creía fuerte y joven. Como se fueron, tan callando, como dice el poeta. Recordará el momento exacto en que sus puertas y ventanas se cerraron por última vez, con un golpe devastador que hizo estremecerse todo lo que había creído ser hasta entonces. Y el vacio y el silencio llenaron sus sus estancias y le corroían el alma, como sabandijas terribles, hasta que sus paredes se fueron cayendo y los recuerdos, las voces, las pisadas de todos cuantos lo habían habitado quedaron sepultados bajo kilos y kilos de polvo y escombros.
Se que es algo de lo más normal. Que es ley de vida que en las ciudades, desde que existen, los edifcios nuevos se construyan sobre las huellas aun palpables de los viejos, y los recuerdos se sobrepongan unos encima de otros, capa tras capa. Pero no puedo evitar apenarme. No puedo evitar pensar que esos montones de piedra, madera y pintura están vivos. Que toda la energía y las vivencias de aquellos que los habitaron quedan atrapdas dentro y crean un corazón, que late lentamente, al ritmo de los días, de las estaciones. La energía ni se crea ni se destruye, solo se tansforma. Pero al fin y al cabo, los viejos edificios son como las personas, unos se mueren para que lleguen otros y esos nuevos edificios que se construyen sobre las cenizas humantes de los viejos, caeran también, No hay que olvidar esa frase que dice, todo constructor, a la larga, siempre edifica un derrumbamiento.

El cuadrose llama Prospect Street, y es de Hopper.

lunes, abril 10, 2006

Doctor, me duele cuando hago así.




"Un tipo va a ver al médico y le dice:
-Doctor, doctor. Me duele cuando hago así (con la mano levantada la mueva a izquierda y derecha).
Y el doctor le dice:
-Pues no lo haga.
Piénsalo un poco."
Este genial diálogo es de la película Todo lo demás, de Woody Allen. La he visto tres veces en un día y medio. Dawson se equivocaba, todas las respuestas de la vida no están dentro de alguna película de Sepielbrg, están dentro de una de Woody Allen.
Con el viejo maestro siempre me pasa lo mismo. Cuando estoy deprimido y todo parece lento y aburrido y los caminos se cierran, pongo una película suya y ahí están, muchas de la s respuestas que buscaba, veladas y entrelazadas con planos deliciosos de calles en otoño, personajes empapados por la lluvia, música de jazz y diálogos certeros.
Muchas veces nos empeñamos en seguir moviendo la mano y encima quejarnos de que nos duele. No nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta, que muchas veces bastaría ser un poco valiente y tener el aplomo necesario para dejar de hacer así con la mano. Que una relación nos arrastra inexorablemente al fondo del pozo, o nuestro trabajo nos asfixia y nos roba la felicidad o queremos estar con alguien y no nos atrevemos por miedos, rencores, complejos.
Dice Cristina Ricci en un momento de la película, "no entiendo por qué soy mi peor enemigo". Creo que esta frase resume de manera rotunda todo lo dicho hata ahora. Somos nuestro peor enemigo, así que dejememos de hacer así con la mano.
Todo esto es muy probable que se solucionara si en determinado momento fuéramos valientes para dejar de hacer así con la mano y mandar al cuerno todo aquello que nos produce dolor, una relación horrible o un trabajo inmundo.
Al fin y al cabo esta vida se resume en gran parte en ser valientes. Muchas veces tenemos las llaves y las herramientas necesarias para ser felices y no nos atrevemos a usarlas, nos conformamos con un sucedáneo de la vida que realmente podríamos llevar, pero que no nos exige tomar ningún riesgo.
Por supuesto que esto dicho es muy fácil y luego es mucho más difícil llevarlo a la práctica, pero es que la vida nadie dijo que fuera fácil. Pero si encima nosotros nos la complicamos más, pues así nos luce el pelo.
Yo por mi parte me he dado cuenta que llevo haciendo así con la mano demasiado tiempo y quejándome del dolor, suerte que el doctor Allen ha venido para recetarme el tratamiento adecuado. "Pues no lo haga". Pensadlo un poco.

Libro IX.



Recuerdo la caída, pero no como llegué aquí. Estoy en una plataforma circular. El suelo es de baldosas de piedra blanca. No es muy grande, como unos cuatro metros de diámetro. Me asomo al borde y no puedo ver el suelo. A mi alrededor hay infinidad de plataformas iguales a la mía, muy alejadas unas de otras, sujetas al suelo por pilares de la misma piedra blanca. Esto debe ser una especie de prisión, pues en cada plataforma hay un individuo. Todos parecen humanos, aunque no pued distinguirlos bien, aun los más cercanos se encuentran a una buena distancia. Desde mi plataforma puedo ver como sus cuerpos se convulsionan y contonean. Parecen sufrir un inmenso dolor.
Las horas no pasan ni lentas ni rápidas aquí arriba. Simplemente el tiempo no existe. Sea cual sea la condena, no está pensada para que se acabe. Pero, ¿quién nos a ha encerrado aquí y por qué?
El viento trae los alaridos de mis camaradas y me aterra la certeza de que, sea cual sea el castigo que me han impuesto, no se limitará a un simple y prolongado encierro.
Aquí no hay ni mañana, ni tarde, ni noche. El cielo es de una invariable luminosidad que hiere los ojos, pero no veo sol alguno por el que calcular el paso de los días. No sé cuanto tiempo llevo aquí pero empiezo a preferir que la caída por el sumidero me hubiera matado.
Doy paseos circulares para tratar de mantener la mente ocupada y no pensar en mi encierro ni en los horrores que tuve que contemplar en el castillo del antiguo Señor de Todas las Pesadillas. Aun veo la cara del conejo, el rostro encarnado de todo el mal y la corrupción que llevo dentro. Ahora comprendo que el mayor de los terrores es enfrentar el lado oscuro que llevamos dentro, y aun cuando lo enfrentamos, pocos tienen la fuerza para imponerse a él.
He dormido varias veces, por lo que supongo que llevo aquí varios días, aunque ni la sed ni el hambre me acucian todavía. Algunos de los habitantes de plataformas cercanas han enloquecido y se han arrojado al vacío, como si algo horrible les persiguiese, auque yo no he visto nada.
Sentado en medio de mi plataforma, cada segundo que no pasa en este maldito lugar me aplasta más contra la piedra. Hoy, no se de donde, han llegado unas nubes negras que han cubierto todo el cielo. Los truenos han retumbado como si el mundo se estuviese resquebrajando, pero no he visto ni un solo rayo. Al principio la lluvia me ha parecido una variante agradable a la desesperante quietud de este sitio, donde no ocurre nunca nada, ni los días cambian. Pero ahora estoy tumbado sobre la piedra empapada y la lluvia me cae encima con saña sobre la piel. Estoy helado pero no hay cobijo, atrapado como una animalillo empapado, encogido y tiritando.
La lluvia no cesa. ¿cuánto tiempo lleva cayendo?
La cadencia maldita de las gotas repiqueteando contra la piedra se me clava en la cabeza y de nada me sirve taparme los oídos con las manos. La lluvia es tan fuerte que no pudo ver las otras plataformas. Es curioso, pero me da miedo estar solo en medio de esta tormenta. Los otros presos en las otras plataformas de piedra no eran más que sombras en la distancia, pero estaban ahí. Sin darme cuenta mi subconsciente ha creado un extraño vínculo con ellos, el frágil hilo que impide que caiga en la desesperación. No queremos estar solos. Necesitamos el calor humano aunque sea revoloteando alrededor nuestro. Como cuando vas por una calle desconocida en una noche cerrada y tu imaginación empieza a dibujar fantasmas con mano temblorosa y el miedo te aguijonea en el cogote, en ese momento oyes unos pasos o una conversación trivial y el miedo vuelve rápidamente al rincón oscuro del que salió. La cercanía de otro ser humano calienta nuestro ánimo. Cuando la soledad nos devora necesitamos que alguien nos tienda una mano. Pero a veces esa mano no llega y necesitamos zambullirnos en el mar de gente de una calle o un bar atestado, para que el torrente de voces, de miradas, de olores, de vida corriendo a raudales por los rincones del mundo, nos limpie por dentro y nos cure las heridas que la soledad provoca.
En medio de esta tormenta me siento perdido. Llamo a voz en grito a mis compañeros de cautiverio pero nadie me contesta. La tormenta ha borrado todo excepto mi pequeño mundo de piedra. Me acurruco encogido sobre las baldosas de piedra empapadas esperando que la tormenta amaine y tratando de recordar como era mi vida antes de quedar atrapado en las regiones blandas. Trato de eliminar cualquier recuerdo de Jack. Pensar que ese monstruo fue creado por mi mente me lleva a pensar que en el mundo real yo era una persona horrible. No. Me niego. Aquí todo aquello no tiene importancia. Está tan lejano como una estrella, en el tiempo y en el espacio. Aquí puedo hacerme como yo quiera. Así que me duermo imaginándome exactamente como la persona que quiero ser, viviendo la vida que quiero vivir.
Aunque siento que hay algo más en mi plataforma, no voy a abrir los ojos, estoy muy cansado. Además, no me queda ninguna duda que ha llegado mi castigo y no tengo ninguna prisa de descubrir que es.

lunes, abril 03, 2006

Importan los detalles.



The Circle Theatre, Edwar Hopper.

Me subí al autobús en una mañana cualquiera, muy temprano. Junto a la ventana y mecido por el traqueteo del autobús al deambular por las calles, la ciudad era pequeñas pinceladas que mi vista captaba de forma perezosa y distraída, mientas me dejaba arrullar por el sopor matinal.
Todos los demás asientos estaban ocupados por personas, pero no eran sino fantasmas para mi, sombras que te cruzas en una parada y en la siguiente ya no están, han sido cambiadas por otras muy parecidas y que desaparecen de tu vida igual de rápido. Caminamos por el mundo en una jaula de autocomplacencia, aislados a estímulos que puedan turbar nuestra paz. La vida moderna nos ha hecho extraños los uno a los otros. Lo que daría yo por poder fijarme en todas y cada una de las personas que se suben cada día a un autobús, alimentarme de los detalles de su ropa, saborear los rasgos de sus rostros, tratar de adivinar si son felices o mueren de dolor por dentro. Todos esos detalles son los que llenan de vida el mundo.
Pero ya no puedo. Ahora estoy muy lejos, en un lugar muy oscuro y lo único que tengo para saborear el mundo son mis recuerdos, que rumio una y otra vez, gastándolos. Pero no son muy vívidos, porque nunca presté demasiada atención a los detalles, a los colores, a los sabores. Equivoqué lo realmente importante y tapé con una capa gris de miedos, recelos, ansias monetarias, todo aquello que da sabor a una vida humana.
Nunca amé a nadie, así que solo puedo imaginar como sería que te abracen y el calor de dos cuerpos se acompase y los fluidos sepan dulces y la locura y el calor se lleven los sentidos muy lejos, más allá de las nubes. Nunca disfruté de la sensación de contemplar un atardecer, para mi solo era un decorado al fondo de mi triste vida, no algo caliente y denso, lleno de magia y poder. Nunca hice esas cosas y muchas otras, solo oí hablar de ellas y me reía de aquellos que creían en quimeras y perdían el tiempo, alejándose de todo lo material, que era lo realmente importante, una casa, un coche. No. Nunca hice todas esas cosas de las que oía hablar y de las que ahora solo puedo crear pálidas copias en mi memoria.
Pero no se confundan, no estoy muerto, es mucho peor.
Los rayos de sol comenzaron a entrar a raudales por las ventanas del autobús, lenta pero continuadamente. Me tapé los ojos para protegerlos de lo que pensaba sería algo pasajero, hasta que un edificio se interpusiera entre el Sol y el autobús. Pero los rayos no se iban. Por lo que pude ver, a los demás pasajeros no les molestaba tanto como a mi, pues nadie se tapaba los ojos con la mano.
En pocos minutos, los rayos solares habían formado una tela de araña sólida y luminosa que recorría con hebras doradas todo el autobús y se me pagaban al cuerpo, como una sustancia viscosa. Intenté levantarme pero estaba fijado al asiento por aquella luz pegajosa que lo cubría todo. A mi alrededor, el resto de pasajeros tenía el rostro paralizado en una mueca deforme, con los ojos y la boca muy abiertos, y la luz entraba y salía de ellos como si fueran cascarones huecos.
Pronto la luz lo iluminaba casi todo en un manto cegador y mis compañeros de viaje no eran sino siluetas veladas por el destellos dorados que me corroían la vista.
Luego la luz se comió todo, sonidos incluidos, hasta que se comió a sí misma y todo se volvió negro y me quedé solo, flotando en algún lugar entre la nada y el confín del mundo, ni lejos ni cerca, intentando recordar e imaginar como sería todo aquello que no hice en la vida.

Ilustración de Yoshitaka Amano

Libro VIII

El Señor de Todas las Pesadillas. (Parte VI. Lo oscuro que hay en mi)


El dolor vino en una inmensa oleada que cubrió todo lo que consideraba mío, lo físico y lo inmaterial. Un barrido estremecedor que sacudió hasta la última de mis terminaciones nerviosas. Un paroxismo. Un orgasmo invertido de sufrimiento y tragedia que me envolvía sobre mi mismo, sobre mi realidad.
Las células de Jack salían de mi cuerpo desgarrando y rompiendo todo lo que encontraban a su paso. Con furia, con ansias de volver a sentirse libres de mi, con necesidad de volver a ver la luz, destrozando en su carrera todo aquello que les estorbaba. Finalmente Jack estaba delante de mi otra vez, la cabeza de conejo jadeando entrecortadamente, las orejas meneándose levemente ante cada sacudida de la dificultosa respiración de la pesadilla. Yo caí al suelo completamente agotado, como si fuese un cascarón vacío, mientras el monstruo que reinaba en este mundo de pesadilla detuvo su camino hacia nosotros, visiblemente sorprendido de ver a Jack allí.
-¿Qué haces tú aquí?-preguntó entre sanguinolentos escupitajos de rabia-. Sabes que ninguna pesadilla puede entrar aquí. Este humano estúpido me ha traído una pesadilla a mis aposentos.
Se puso a dar vueltas como loco alrededor de la estancia, llevándose las manos a la cabeza. Gritaba hasta dejarse las cuerdas vocales que iba a matarnos, que iba a comernos. Tras él, las innumerables venas que le unían al las paredes se agitaban en una danza macabra que tenía algo de hipnótico.
-Rápido - me dijo Molly-. Solo tú puedes hacerlo. Corta la mano de Jack. Él no puede, tienes que hacerlo tú. La mano en la que estoy yo. ¡Vamos!
Yo no entendía. Estaba demasiado débil para pensar, por no hablar del terror que me producía el Señor de las Pesadillas. Jack se agachó y me acercó la mano que sujetaba el cuchillo de carnicero. La cogí en medio de la nebulosa en la que me encontraba, que deformaba el mundo y nada tenía sentido. No se si agarré aquel antebrazo con la intención de hacer lo que Molly me pedía o simplemente me agarraba a Jack con desesperación: Pero allí estaba. La carne era dura y caliente y su contacto me repulsó en extremo, pues estaba tocando uno de mis mayores terrores, aunque no sabía cual.
Y en mi estado febril, impulsé la hoja sobra la otra mano de Jack.
Y Molly cayó al suelo como si fuera una muñeca de verdad, aunque pude oír como se quejaba por el golpe.
También pude oír a Jack gritar mientras la boca cosida de la careta de conejo se despegaba de forma dolorosa. La carne al quebrarse producía un sonido sordo y repulsivo y la sangre caía a borbotones por el cuello y el pecho de Jack. Cuando por fin los dos labios se hubieron separado del todo, una enorme boca había quedado abierta en la cara del conejo y unos enormes y mugrientos dientes la poblaban de forma desordenada.
El Señor de Todas las Pesadillas no tuvo tiempo para entender que estaba pasando, pero supongo que le sorprendería tanto como a mi que una simple pesadilla le venciera tan pronto. En cuestión de segundos, Jack había doblado su estatura y se abalanzó como una fiera sobre él. Apuñalaba y mordía de forma salvaje. Las venas que alimentaban la señor eran cortadas como hilos y la sangre manaba y manaba en ríos escarlatas que en pocos segundos habían empapado el suelo de la estancia. El edifico entero se estremecía ante la muerte de su señor. Pero en pocos segundo todo había acabado y alargar mi relato solo sería en caer en retórica estéril. Solo unos segundos. El cuerpo del Señor de Todas las Pesadillas fue destrozado en segundos.
Las paredes empezaron a cambiar de color y se volvían de un tono grisáceo a medida que se iban muriendo.
Y yo le tenía todo muy claro, pero cuando Jack se acercó a Molly y la alzó sobres su fauces, en ese momento justo, supe que significaba aquella pesadilla. Jack era toda la ponzoña que yo llevaba dentro. Eso que era tan parte de mi como mi brazo o mis pulmones o mi miedo a volar, pero que me empeñaba en enterrar bajo capas y capas de autoengaño, de normas morales. Jack era lo torcido, lo invertido, eso oscuro que llevamos dentro y que somos incapaces de aceptar. Y lo ignoramos y nos decimos que somos buenas personas y que jamás podríamos hacer nada malo, cuando en realidad, todos llevamos un Jack, un monstruo de pesadilla dentro esperando para escapar. Molly era todo eso en lo que nos escudamos, la parte racional aleccionada por la educación y los esquemas sociales, por los mandamientos. Molly era el esfuerzo que hacemos cada día por que la parte oscura que llevamos dentro no nos domine.Pero en mi batalla personal había ganado esa parte oscura. Y era tan oscura terrible que había sido capaz de derrotar al Señor de Todas las Pesadillas cuando por fin se había visto liberada. Así de atroz era lo que yo llevaba dentro.
Recuerdo que lloré y lloré porque no quería albergar dentro de mi semejante aberración. Lloré hasta deshacerme, pues quería consumirme, no soportaba saber cuan oscuro era mi interior.
Jack me observaba con Molly todavía flotando sobre sus fauces abiertas. La expresión de la muñeca parecía decirme que no había otra manera, que no se puede luchar contra uno mismo.
Pero no dijo nada, porque Jack la devoró de un solo bocado y la masticó con delectación. Luego me miró con sorna.
-Me das asco -me dijo-. Tendré que vivir con la vergüenza de saber lo pusilánime que es mi creador.
Sin mediar ninguna palabra más, me clavó el cuchillo en el hombro y me arrastró por el suelo, mientras la sangre que lo cubría me empapaba por completo. Cuando llegó al punto del suelo que quería, sacó el cuchillo de mi hombro y se puso a tantear bajo la sangre hasta que un sonido hueco se oyó y la sangre empezó a fluir por el sumidero que Jack acaba abrir. Sin más ceremonias me empujó de un patada por el sumidero y mientras caía aun pude oír como decía en voz alta y riéndose.
-Larga vida al nuevo Señor de Todas las Pesadillas.

sábado, abril 01, 2006

Volvemos con In Flames.
No me gustó como quedó el post de la canción de In Flames. No tenía timepo y lo hice corriendo, así que lo voy a repetir. Esta canción ha sido como un un dogma en el último año para un amigo y para mi. Muy pocas veces he visto escrito tan claramnte por otra persona los remolinos emocionales que me hacen clamar a los demonios, pero esta canción da en el clavo al cien por cien. Es socura, desgarradora y al mismo tiempo, no deja de ser increiblemente romántica, así hay os dejo por segunda vez con Evil in my closet.

Evil in my closet:

We were one in words
you finished my sentence
I could never attract tomorrow, it pushes me aside
I sink in waters deep
your presence kept me floating
far from where secrets lie
maybe in another life time I can be the first you meet
I once read a poem held my breath but that moments gone
first time I felt life some what hurt
I need an option, a reason, and some hope.
Yell at me I want to be your light that shines but my ground is shaking and I might fall
I wish that i could say, I wish that i could be your evil in a closet.
Yell at me I want to be your light that shines but my ground is shaking and I might fall
I wish that i could say, I wish that I could be your evil in a closet

In Flames.