lunes, mayo 29, 2006

Solo un gato.


Nadie te dice que a los veintisiete años, cuando apenas llevabas dos viviendo con tu novio, que este pueda morir en un accidente. No. Nadie, te prepara para eso. Como mucho, lo ves en alguna película y te parece eso, un argumento de película, tan lejano a cualquier cosa que te pueda ocurrir a ti como…como la ajetreada vida de un Jedi.
Pero pasa.
Hacía más de una mes que él había muerto y Claudia era incapaz de aceptarlo. Como si le hubieran arrancado un brazo, una honda desesperación negra y aciaga que le devoraba, que le oprimía la existencia, la visión y la percepción. Una pena honda negra hostil y hambrienta.
Su mundo se había convertido en una total vacuidad llena de zozobra. No era capaz de aceptar que no le volvería a oír, a ver a oler y a sentir dentro de ella, caliente y lleno de vida, fundiéndose con sus entrañas. No dejaba de imaginárselo destrozado y pudriéndose en la fría humedad de las entrañas de la tierra.
Se quedaba horas sentada, mirando la pared, intentando aferrarse a sus recuerdos, a la imagen que le quedaba de él, de su voz, de su risa, esperando que de tanto y tanto recordarle se hiciera una imagen sólida en su mente, un tumor con su forma que siempre llevar dentro.
Luego las noches eran para el llanto y para el miedo. Estaba aterrorizada de tener que vivir. ¿Cómo hacerlo? Era consciente de que, muy probablemente, el futuro llegara abrirse y pudiera seguir viviendo, pero eso solo ocurriría si ella lo permitía y no estaba muy segura de querer hacerlo.
Así, cada noche, sacaba a Bruja, la gata persa blanca que habían comprado hace un año, de la habitación, cerraba la puerta y se abandonaba a un llanto desesperado, profundo, queriendo ahogarse en lágrimas o deshacerse para poder escapar del dolor y de los recuerdos.
Aquella noche no estaba siendo diferente. Miraba al techo entre sollozos, la respiración entrecortada, dibujando formas con la mente en las sombras y las luces que se colaban por la ventana abierta. Hacía calor y fuera, la gata, como las últimas cuatro noches, no dejaba de maullar. Realmente adoraba a esa gata pero no entendía por qué llevaba algunas noches comportándose así, maullando sin parar. Sus nervios no estaban ni mucho menos en esos días para aguantar demasiado y después de cuatro noches, no pudo más y se levanto, se acercó a la puerta con la firme intención de regañar de forma severa al animal, que seguía con su cantinela.
Pero se detuvo, con la mano cerrada sobre el pomo de la puerta. El corazón se aceleró y empezó a sudar y no a causa del calor. No se oía perceptiblemente, no como un sonido normal, era más bien como un susurro lejano en muchos sentidos, como una corriente de aire que consiguiera, de alguna forma extraña, articular palabras; la verdad es que no podía describirlo bien, pero junto a los maullidos de la gata parecía oírse la voz de un hombre.
Hace unos meses se hubiera aterrorizado, cerrado la puerta de la habitación y buscado del móvil para llamar a la policía. Pero en su estado febril, nada tenía ya demasiada importancia y su razón estaba diluida en dolor y lágrimas. Abrió la puerta de golpe.
En el pasillo solo estaba la gata. Una manchita blanca que la miraba con ojos sorprendidos en la oscuridad. “Miau”, dijo, y ella se llevó la mano a la cabeza, pasando los dedos por el pelo empapado en sudor. Me estoy volviendo loca, dijo mientras se dirigía de vuelta a la cama, sin ni siquiera fuerzas para reñir a Bruja.

Cuando la puerta se cerró, la gata miró al hombre que se apoyaba en la pared y miraba la puerta blanca que acababa de cerrase.
-Parece tan triste –dijo.
-Está destrozada -dijo la gata-, te echa mucho de menos.
-Yo también a ella. Querría quedarme a su lado toda la vida.
La gata se estaba lamiendo una pata blanca y los pelos, largos y finos se le quedaban pegados en la lengua áspera.
-Ya, pero no puedes, debes avanzar o te consumirás.
-Ya.
El fantasma, apenas perceptible para un ojo humano entre las sombras del pasillo, agachó la cabeza abatido.
-¿Por qué yo? Teníamos una vida fantástica. Somos buenas personas.
-Ni yo lo se –dijo la gata-. Nunca se llega tan allá. Pero espero que haya algo, no me gustaría pensar que el azar lo rige todo.
-Ya te contaré.
-Eso sí vuelves. No he conocido ninguno que lo consiguiera.
Las sombras de la habitación empezaron a moverse de forma amenazante y emitir lúgubres susurros. Si se fijaba bien, el espectro podía ver decenas de pequeños ojos rojos.
-¿No de asustan? –preguntó.
-¿Quién, ellos? –preguntó la gata señalando con una pata a las sombras que se movían alrededor de los dos-. No, no son más que parásitos que habitan en las sombras, alimentándose del miedo ancestral de los hombres a la oscuridad. Son inofensivos.
-Pues a mi me ponen los pelos de punta.
-Eso es porque todavía eres demasiado humano.
-¿Y tú? ¿Qué eres tú?
-Un gato.
-¿Solo?
-Sí, pero es que los gatos somos mucho más de lo que aparentamos. Somos de muchas maneras distintas en muchos mundos distintos, esa sería una buena forma de explicar de forma humana mi existencia, aunque es mucho más complejo.
-Ya. Bueno, creo que debo irme. Siento que me llaman. ¿Cuidarás de ella?
-Claro. Soy vuestra gata. Eso es lo que hacemos los gatos.
-Gracias.
El fantasma desapareció. Bruja, la gata se quedó mirando el vacío.
-Cuidaré de ella. Pero la verás muy pronto –dijo para sí misma.
Miró a la habitación y deseó que los gatos pudieran llorar.
Mientras, en la habitación, Claudia se dormía y las pastillas que había tomado paraban lentamente, de forma dulce y terrible, su corazón.

No estoy muy inspirado estos días, por que me estoy mudando con María y volvemos a vivir juntos. La pirmera noche que dormí de forma oficial en casa, el sábado, nustra gata, Clea (persa blanca como la del relato) no paraba de maullar fuera, queriendo entrar en la habitación. Y se me ocurrió el relato.

jueves, mayo 25, 2006

El violinista.


La calle atestada de gente se llenaba con su música. El violín rasgaba las paredes y las columnas de los soportales, como un dedo curioso y travieso que buscaba de forma distraída restos de vidas y de sueños devorados por el mundo.
El sombrero donde recolectaba las monedas estaba lleno. Era casi medio día y Horacio, el labrador que desde hacía dos años le acompañaba, comenzaba a emitir pequeños gruñidos, señal inequívoca de que tenía hambre. Era hora de acabar la función.
La pieza de Mozart que estaba tocando acabó y sin su música el mundo parecía proseguir más ligero. La joven rubia que llevaba una hora escuchándole tocar volvió a aplaudir y a sonreírle. Él le devolvió la sonrisa con timidez. La chica se había ganado, sin duda alguna, un premio. Una canción suya. Una composición propia. No le gustaba sacarlas del arcón polvoriento de su alma donde las guardaba. No confiaba en ellas, pues siempre había pensado que había algo extraño, casi diabólico, en su música. Esa había sido la principal razón por la que había abandonado su brillante carrera como violinista y la había cambiado por una vida de vagabundeo por las ciudades de la vieja Europa. Cada vez que intentaba explicar por que no le gustaba interpretar sus propias piezas, por que nunca las mostraba a nadie y sobre todo, por que era incapaz de tocar ninguna de ellas con los ojos abiertos, la gente le miraba como si fuera un bicho raro, típicas excentricidades de genio. Por eso abandonó. Lejos de las voces que le decían que no podía negar al mundo un talento para la composición como el suyo. No se sentía seguro. En las viejas calles atestadas, con su perro, su violín y la compañía de los compositores muertos, sí. No sabía la razón verdadera de por qué iba a tocar una pieza suya solo para aquella joven que le miraba embelesada desde la otra punta de la calle, apoyada en una columna. Hacía años que no sacaba a su música a pasear. Pero estaba decidido. Apoyó el violín con firmeza en su hombro, levantó el arco y lo posó con delicadeza sobre las cuerdas, y cerró los ojos. Los ojos siempre cerrados cuando tocaba algo suyo. Desde que era muy pequeño. Tenía el recuerdo vago de cuando empezaba a componer, con no más de seis años, y recordaba que su música le hacía algo extraño y oscuro al mundo. Cerró los ojos.
La música salió del violín furiosa. Demasiado tiempo había estado encerrada y llenó el mundo de forma apresurada y violenta. La gente se paró en seco y la chica sintió un vuelco en el corazón. Para él siempre era la misma sensación. Un zumbido en el oído, una vibración apenas perceptible en el suelo, voces susurrantes que decían cosas que el no podía entender. Se arrepintió de haber empezado a tocar, pero ya era tarde para detenerse. Era incapaz de interrumpirse cuando tocaba una obra suya.
Pero esa vez las voces las oía más alto. Sentía presencias extrañas y calientes alrededor suya y una creciente sensación de miedo. Recordó a la joven, y aunque no sabía muy bien por qué, pensó que podía estar en peligro. Así que, por primera vez desde que tenía uso de razón, entreabrió un ojo mientras tocaba una pieza suya.
Delante de él se había parado una figura que no era capaz de distinguir bien, pero que le habló:
-No nos gusta tú música.
Dejó de tocar en el acto y cerró de nuevo los ojos. Podía sentir como su corazón amenazaba con estallar.
-Abre los ojos –dijo la voz-, ya nos has visto, es tarde para esconderse.
Y los abrió. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Horacio gemía a sus pies.
La figura que le había hablado era un hombre. O lo fue en otro tiempo. Iba cubierto con una andrajosa túnica negra y la capucha le tapaba parte de la cabeza. Pero pudo ver que las cuencas de los ojos estaban vacías y la piel del sujeto era gris. Seguía en la calle, la gente que le había estado escuchando o que simplemente paseaba en ese momento por ahí, incluida la chica rubia, estaban inmóviles. Alrededor de la gante se habían agolpado un sin fin de monstruos que le miraban con una mezcla de rabia y curiosidad y cuchicheaban entre ellos. El mundo parecía el mismo, pero como visto por un filtro de cine defectuoso que acentuaba los rojos y los grises. Intentó volver a tocar, esperando en un gesto desesperado que su música, igual que le había llevado hasta allí, le llevara de vuelta. Pero el extraño que le había hablado le aferró la mano derecha con fuerza. El tacto de aquella mano cadavérica era frío y doloroso. Dejó caer el arco que chocó contra el suelo. El monstruo acercó su cara a la del violinista con una sonrisa burlona y puedo ver a través de las cuencas de los ojos vacías los límites de la locura y la cordura.
-Déjale en paz –dijo una voz de exquisita dulzura. El monstruo se apartó y él pudo ver que habían llegado más criaturas que lo miraban con desconfianza. Duendes, elfos, hadas. La voz parecía provenir de un hombre alto, de infinita belleza, vestido con una camisa y unos pantalones blancos y el pelo enormemente largo y negro.
-Perdona sus modales –dijo-, no es culpa suya.
-¿Quiénes sois? –preguntó el violinista.
-Bueno, eso depende. Yo por ejemplo me llamo Orfeo. Si quieres saber el nombre de los demás, pregúntales a ellos.
-¿Orfeo? ¿El Orfeo de…
-Sí, el mismo, el dios de la música, bla, bla, bla. No pongas esa cara de panoli. Siempre has sabido que tu música era especial. Por eso tocabas con los ojos cerrados. No querías ver esto, como el resto de los humanos. Y eso es precisamente lo que tu música consigue, abre una ventana para poder mirar de un mundo a otro.
-¿Pero que mundo es este?
-Verás -dijo Orfeo-. Al principio convivíamos con el hombre. Compartíamos el mundo por que la raza humana nos necesitaba para poder explicar cosas que no entendía o simplemente, creía en nosotros por que era ingenua y podía soñar con algo más allá de lo tangible. Era perfecto, pues por nustra parte, necesitamos que los humanos crean en nosotros para hacernos tangibles y poder habitar el mundo real. Pero con el tiempo, la raza humana fue encontrando respuestas en la ciencia o simplemente dejaron de preocuparle ciertos enigmas, así que dejaron de creer en nosotros y nos condenaron a este sucedáneo de mundo del que no podemos salir. De cuando en cuando algo, como tu música o un amor desproporcionado y apasionado o un cuadro realmente hermoso, abren una pequeña puerta por la que podemos asomarnos y recordar lo que perdimos. Esto no es un mundo, es una copia unidimensional de la realidad, un pliegue de existencia en un rincón perdido del bolsillo del universo. Aquí el sol no calienta y la noche no enfría, el amor se esfuma y la comida no sabe a nada. Es como vivir en una vieja fotografía de tu hogar, donde puedes ver a tu amada pero no saborear sus labios ni deleitarte con su voz.
-Lo siento, si pudiera hacer algo.
-Puedes –era un hada quien estaba hablando, el pelo verde la llegaba por debajo de la cintura-, es duro, pero puedes no volver a tocar tu música, que es la más hermosa del mundo, nunca más. Es cruel privar al mundo de ella, pero también lo es privarnos a nosotros de todo lo demás.
El violinista se sintió infinitamente pequeño. No le costaba trabajo no tocar su música, pero vivir recordando a todos aquellos seres encerrados en un jaula de ceniza y nada no iba ser fácil. No obstante, prometió no volver a tocar nada suyo y las criaturas, Orfeo incluido, le dieron la espalda y se alejaron.
Cerró los ojos y los volvió a abrir.
El mundo seguía igual. La joven se había marchado.

Este relató me costó un euro. Iba por la calle y un violinista tocaba. Junto a él, un perro aguardaba paciente. Me dio la idea y le di todo cuanto llevaba en ese momento, y que hasta ayer que mi madre me echó un cable, era todo lo que me quedaba (creo que este mes he desfasado un poco). La verdad es que es un poco lento y no muy inspirado, pero no se me ha ocurrido nada más, así que espero que por lo menos saquéis algo de él.

jueves, mayo 18, 2006

El run run del mar y una campana.




El puerto. Aquella noche era como una mancha de un líquido espeso y negro a la que se habían adherido pequeñas motas de colores. El run run del mar. Las voces de la gente en las terrazas del paseo marítimo. Fragmentos de música arrancados al ambiente viciado de algún bar cada vez que se habría la puerta. Tras él, el bosque de velas y mástiles le impedían ver nada y eso le aliviaba. Era una frontera que le separaba del mundo, un mundo que iba a abandonar y que no quería ver, temiendo echarse atrás en el último momento. El run run del mar, dentro muy dentro de su pecho, el run run del mar, en el ambiente, en el aire frío y sabroso que le golpeaba la cara, le revolvía el pelo y le llenaba los pulmones, como un torrente de agua subterránea desbocada.
Dos meses llevaba yendo cada noche al mismo punto oscuro y apartado del puerto. Desde que lo había leído en un viejo libro de historias de fantasmas. La solución final y grandiosamente dramática para irse por la puerta grande, en un gesto romántico y hermoso, diciendo adiós a la vida mirando al horizonte. Nada de vísceras, de fármacos ni de sangre. Un final limpio, épico, rotundo y magnífico para una vida, admitámoslo, que había sido bastante mediocre.
El hombre patético de a pie convertido en héroe. De un plumazo. Solo hacía falta grandes dosis de fe y valor.
La fe, cuando estás desperado y completamente seguro de que quieres acabar con tu vida, más allá de llamar la atención y la apática autocompasión, sobra. Y con la fe siempre viene el valor. La fe nos da valor para llevar a acabo las más grandes hazañas. Grandiosamente heroicas o grandiosamente estúpidas y atroces, pero da valor al fin y al cabo.
Pero él no tenía la sensación de que iba a suicidarse, esa era la verdad. Solo iba a dar un paso en otra dirección. A mirar más allá. Solo quería emprender un viaje que le llevaría lejos de todo, de su humanidad y la mediocridad que llevaba implícita, lejos de lo tangible, del odio, del dolor, del sufrimiento. Iba a derramarse en una eternidad de magia y oscuridad por la que podría vagar hasta el fin. Una voz susurrada en el tiempo, una imagen fugaz confundida con los amaneceres y atardeceres del mundo, un espanto irreal escondido en la psique de los pueblos, en el corazón de las leyendas, del folclore.
Se alegraba de no tener cerca nadie que le sermoneara sobre lo hermoso que es vivir y lo injusto de que quisiera morir cuando hay tanta gente que desea vivir y la muerte les asalta sin ninguna impunidad.
Todo eso estaba muy bien. Pero a él no se le daba bien vivir. ¿De qué servía una vida si no le podía sacar provecho? Lo había intentado por todos los medios, de eso estaba seguro, pero no lo había conseguido. Lo que sí había logrado había sido encontrar un buen final. Solo necesitaba fe, no dudar de su cordura, no dudar de que fuera a ocurrir. Solo debía creer en la magia.
El run run del mar en la noche. El run run del mar oscuro y siniestro, un canto sinuoso, una voz agónica del mundo que casi nadie se paraba a escuchar. El estaba allí para escucharla, para creer, con el corazón y todos los ojos de su ser muy abiertos, ansiando, devorando el run run del mar.
Run run, y una campana. En la noche, clara y fuerte, de tañir calmado y sosegado, como si no tuviera ninguna prisa. La lona negra del mar, salpicada por breves erupciones de espuma blanca, se abrió, como unas negras fauces, como si un enorme peso la obligara. Donde un segundo antes no había nada, empezaron a materializarse las costillas de tabla del casco de un barco. Estaba exultante. Por fin su espera daba frutos, sabía que vendría. Al casco le siguió la cubierta y el puente y los mástiles que se llenaron de velas rasgadas por las que correteaban fantasmales figuras de marineros muertos mucho tiempo atrás. Los tablones del casco, gris azulados en la noche, pasaban casi rozando la estructura de cemento del puerto. Era como un inmenso monstruo, tranquilo y lento, pero poderoso. Cañones llenos de herrumbre asomaban de forma amenazante, a pesar del tiempo que hacía que nadie los cargaba. Las velas se agitaban, aunque él sabía que el aire que corría por ellas era aire muerto hacía ya demasiados años. Era otra fuerza la que impulsaba el navío. La fuerza del dolor, del recuerdo, de la tragedia, del eco de vidas ahogadas antes de tiempo que se habían quedado pegadas en el tejido del presente. El barco se detuvo y una multitud de rostros grises se agolpaban en la cubierta, muchos metros por encima de su cabeza. El crujido de las maderas se había comido el run run del mar.
-Otro que ha oído hablar de la vieja historia. Que los barcos malditos y condenados a vagar por toda la eternidad recogen a aquellos que quieren dejar esta vida.
No pudo ver de cual de todas las espectrales figuras provenía la voz, pero supuso que era el capitán.
-Así es -dijo-, ¿es cierta?
-Sí, lo es, pero debes estar seguro. Te condenarás a al olvido, al la noche eterna, a ser un murmullo confuso, tu humanidad perdida y tu alma atada a una maldición, a un horror, una aberración, una anomalía en el devenir de los tiempos. ¿Es eso lo que quieres realmente?
-No he vivido nada mejor. Y nada es eterno, nada puede serlo.
-Pues sube.
A bordo nadie le prestó atención durante demasiado tiempo. Los fantasmas siguieron enseguida con sus tareas.
Le asombró lo poco que le dolió morirse. Su piel se volvió azul y un frío extremo se le instaló en el corazón. Luego sus ojos veían mucho más allá. En el tiempo, en los sentimientos.
La brisa ya no movía su pelo. La campana volvió a sonar y el barco comenzó a moverse.




La otra noche, en la cama, antes de dormirme, me puse a pensar en el inconmesurable poema de mi amigo Canichu, ese que colgó un día en su blog que venía a decir que todos los que bebíamos esperábamos para ver zarpar el Titanic (estábamos en un bar cuando lo escribió), y se me ocurrió este relato. Espero que os guste.

CAMPIONS!!!!!!!

No puedo evitarlo, pero ayer los barcelonistas nos quitamos una enorme espina. Dispculpas a todos aquellos visitantes de este blog que no les guste el fúbol. ¡¡¡¡¡Visca el Barça!!!!!



lunes, mayo 15, 2006

El forense.




El cadáver estaba boca abajo. Lo que en el argot médico llaman de cubito prono. Levantó la hoja plateada, como una pequeña joya delicada pero mortal, y comenzó a realizar la primera incisión sobre las apófisis espinosas. Un gesto homicida, antinatural y salvaje que él llevaba haciendo de forma natural hace ya tantos años. Al principio los seguía viendo como personas, pero eso le destrozaba. Había que verlos como carne, solo carne.
-¿Para qué es eso? –preguntó su interlocutor.
-Hay que echarle un vistazo a las vértebras y a la médula –respondió mientras separaba la masa muscular de los canales vertebrales, dos pequeñas incisiones de no más de cinco centímetros.
Sin saber muy bien por que, su mirada se posó en la bandeja donde el instrumental aguardaba su turno para participar en el festín, como animales hambrientos.
Pareció leerle el pensamiento.
-¿De verdad sabes para que sirve cada un de esas cosas?
Arturo seguía con la mirada perdida en la bandeja, la vista viajando por todo los instrumentos allí colocados. Bisturí, pinzas de disección, sonda acanalada, estilete, sierras, raquítomo, cinceles, legras, bascula.... Todo un festival de horror en pulcro he inmaculado acero quirúrgico. Herramientas hechas por el hombre para destrozar otros hombres, para ahondar en los secretos del cuerpo humano y de la muerte, para fisgar, entre sangre y fluidos, en el trabajo más recóndito de la naturaleza, o de Dios, ¿quién sabe?
-¿Por qué forense? Es asqueroso. Y bastante enfermo, si me permites decirlo.
Arturo sonrió mientras seccionaba las láminas vertebrales para abrir el conducto raquídeo.
-A mí en cambio me parece hermoso. La verdad es que nunca he entendido por qué discriminamos tanto el interior del cuerpo humano. No se por qué un pecho pude ser hermoso y un pulmón no.
-Fácil –dijo el otro-. Es como descubrir el secreto del truco. Por fuera somos hermosos, nos creemos dioses antiguos, como una bella estatua de Apolo. Por dentro somos fluidos, sangre, viscosidad. Nuestro exterior nos aleja de la idea de la muerte. Pero en nuestro interior viven con ella cada día. Si pudiéramos ver nuestros órganos, seríamos conscientes de lo frágiles que somos. -Nunca lo había visto así. Puede que tengas razón.
-La tengo, créeme, sé de lo que hablo. Pero no has contestado a mi pregunta.
-Ya. Quizá por eso. No lo sé. Me aterra la muerte y quería hurgar un poco más en nosotros. Encontrar algo que me hiciera pensar en que hay algo más.
-No tiene ningún sentido. Rodearte de muerte para buscar algún indicio de que la muerte realmente no existe. Si de verdad hay algo que transciende de nosotros, no está aquí, quiero decir, que no se queda demasiado tiempo, como ya sabrás. Te equivocaste. Deberías haber estudia psiquiatría, ¿no?
-Si- contestó Arturo con una sonrisa de la más insulsa.
-Bueno. De todas formas encontraste lo que buscabas.


Le había dado la vuelta al cuerpo. Realmente su acompañante esa noche tenía razón. Tan blanco, tan rígido, tan inmóvil. Parecía el rostro de una estatua de mármol. Por fuera somos inmortales. Es lo que hay debajo de nuestra apariencia, lo que no podemos ver, porque está oculto o porque es demasiado pequeño, eso es lo que se atrofia, lo que se encoge, se pudre y muere.
Visto desde ese punto de vista, el culto al cuerpo, a la belleza, que se daba en le mundo occidental en las últimas décadas quizá no fuera tan extraño ni tan descabellado.
Sacudió la cabeza para volver de su ensimismamiento y se preparó para el análisis del tórax. Inició el corte en la articulación esternoclavicular derecha, según el procedimiento habitual, llegó hasta la espina ilíaca anterosuperior, donde giró hacia adentro y siguió hasta la espina del pubis. Cogió un bisturí fino y desarticuló la extremidad interna de la clavícula.
-¿Tienes pinta de ser un solitario?
-En absoluto –contestó Arturo-. Eso es un mito. Estoy casado, tengo dos hijos maravillosos y muchos amigos.
-Curioso. ¿Chicos los dos?
-No. Chico y Chica. Dieciocho y diecisiete años.
-¿Ya van a segur tus pasos?
-Lo dudo mucho. Creo que son más de letras. Han salido a su madre –mientras hablaba, seccionó el diafragma y el ligamento redondo del hígado.
-¿Les harías un autopsia a ellos, o a tu mujer?
No contestó. Se quedó mirando el cadáver. Se había echo la misma pregunta mil veces. Al fin y al cabo, el hígado de su hijo o de Susana no deberían diferenciarse mucho del que ahora mismo, el pecho del cadáver abierto como un libro de anatomía, se le mostraba, húmedo y tembloroso. Pero sabía que no podría. Una parte de él lo veía como el último acercamiento que podría tener a alguno de sus seres queridos en caso de que acaeciera alguna desgracia. Entrar dentro de esa persona y memorizar también su interior, para que en su memoria nada se perdiera. Pero sabía que no podría.
Seccionó el hilio y extrajo los dos pulmones.


Separaba el cuero cabelludo de una apófisis mastoides a la otra.
-Crees que lo tuyo es un don.
-¿Un don?-preguntó Arturo- No, la verdad es que no sirve de mucho, para entretenerme lo más. Las horas aquí pasan muy lentas y un poco de compañía nunca viene mal.
-¿Y no crees qué puede ser que estés loco?
-¿Tu crees que estoy loco?
-No, lo verdad es que no. Tengo muy claro que estoy aquí hablando con tigo. ¿Son muchos lo que hablan?
-Sí, la verdad es que sí. Pero muchos no entienden bien que está pasando y lloran y te ruegan que no les hagas daño.
-Pobres.
Sí, pobres –corroboró Arturo-. Oye, voy a empezar a serrarte el cráneo, ¿de acuerdo?
-Sí, sí, claro –dijo el cadáver.


Este relato se me ocurrió recién despertado el sábado por la mañana, en la cama todavía, rumiando mi catarro. María fue la primera que lo oyó de mi boca y me dijo escandalizada, pero asombrada, como siempre, que como se me ocurría pensar en esas cosas en la cama, en una mañana de sábado llena de sol. Je, je.
Si algún estudiante de medicina lo lee, siento los mil errores técnicos que encontrará, de seguro, en el relato. Pero para un neófito que ha buscado algo de información en Internet, no se pude pedir mas, ¿no?

jueves, mayo 11, 2006

El más grande poeta.

Siempre fui poeta. Nunca tuve la más mínima dificultad en recorrer los caminos dulces y pegajosos de las palabras, bañarme en ellos, llenarme las manos con frases jugosas y construir versos, como pequeñas obras de ingeniería en equilibrio, que se tambalean y amenazan con venirse abajo en cualquier momento, pero que milagrosamente siempre resistían.
Pero un día se acabó. El manantial se secó. No se debía a nada en concreto, pero un día, cuando fui buscar las palabras al prado verde donde las recolectaba, ya no estaban allí. Mis libros se vendían sin parar. Era uno de esos escasos y extraños casos de poetas con éxito. La verdad es que no tendría que volver a escribir nada si no quería y podría vivir de lo ya escrito. ¿Pero que sentido tiene la existencia de un poeta si se le mantiene alejado de la poesía?
Dejé todo cuanto tenía en el mundo y me puse a viajar en busca de la inspiración. No se si recordáis cierto anuncio de un coche. Pues era algo parecido. Buscaba algo en la Tierra que volviera a abrir esa parte de mi mente o de mi alma que permitía a las palabras, que fluían en desorden por el universo, pasar a través de mi y salir convertidas en arte.
Pero no encontré nada.
Hasta que un día, en China, un viejo poeta me dijo que los poetas tenemos la capacidad de ir más allá, pero que los poetas occidentales estamos tan contaminados de modernidad y de prejuicios que hace mucho tiempo que perdimos es don. De su mano, aprendí a atravesar ciertas puertas y nuevos mundos, escondidos en pliegues de la realidad olvidados que esperan a que alguien los estire y los redescubra, surgieron ante mí.
Demasiado largo es de contar todas las cosas que vi, y no es mi intención ahora. Solo quiero relatar cuando le encontré a él.
La verdad es que no encontré en los nuevos mundos nada que volviera a regar mi creatividad y vagaba por ella, un inmenso desierto que recorría una y otra vez, de arriba abajo, esperando encontrar alguna pequeña muestra de vida.
Fue en una de esas expediciones cuando me lo encontré.
Se había colado por alguna rendija en el desierto de mi creatividad.
No me atrevería decir que era un hombre. Era más bien un escuálido espectro que lloraba de forma desconsolada. A su alrededor, cosa que me sorprendió muchísimo, habían crecido una serie de pequeñas plantas de un magnífico color verde. He de reconocer que una parte de mi se sintió extrañamente ofendido, ¿quién era ese desconocido para plantar algo en mi propio desierto espiritual?
-Por qué lloras –fue lo único que acerté a preguntarle.
-Estoy maldito. Puedo inventar los más hermosos versos.
-¿Cómo de hermosos? –pregunto mi escepticismo.
-Así de hermosos.
Recitó. Recitó palabras tan hermosas que hoy día aun las oigo en mis pesadillas. Palabras que ante mis oídos erigían imperios que volaban por el aire, como hojillas a la deriva, subiendo y bajando. Frases que me elevaban y me llenaban la piel y el alma de éxtasis. Palabras que oler y saborear con olores y sabores que ni los dioses se atrevían imaginar. Versos de locura, de placer, de lujuria, de odio, de amor, de sueños, de muerte, de sangre, de vino, de añoranza, de pasado, de futuro.
Y a cada palabra suya, el oasis a su alrededor, una planta allá, un árbol aquí, se hacía más grande. Y yo sabía que en cuanto él dejara mi desierto, todas esas plantas morirían y desaparecerían como si no hubieran existido jamás
Cuando acabó de recitar, tuve que admitir para mis adentros que, efectivamente, podía escribir lo versos más hermosos. Tuve que reconocer que era el poeta más grande de la existencia, de la creación.
Apreté los puños con ira. ¿Cómo podía decir alguien que semejante don era una maldición? El odio y la envidia envenenaban mis oídos y apretaba las manos con fuerza, deseando atrapar entre ellas el cuello del poeta. Quería ahogar aquellas palabras bajo sangre y bilis.
Pero me serené. Nunca fui un asesino.
-¿Por qué dices que estás maldito?
-Porque no encuentro nadie a quien amar. Esos versos que invento, no son para nadie. Son más estériles que la arena de este desierto.
Entonces comprendí. No sabía si era peor tener el alma llena de versos y no poder regalárselos a nadie, o amar y no encontrar poesía, ni de acto ni de palabra, para demostrarlo.
-Estás equivocado –le dije-. La poesía existe y ya está. Debes lanzarla a los cuatro vientos y ella encontrará su sitio. Vaga como estrellas errantes buscando un corazón que alumbrar.
-¿De veras?-preguntó, y sus ojos, negros y sin pupilas, pero muy brillantes, se abrieron de par en par.
-Claro. Tú solo estás enamorado del amor. Y eso no es malo. Bueno, tan bien estás muy solo.
-Si, estoy muy solo. ¿Me harás tú compañía?
-No, yo no puedo, no soy de este mundo realmente. Pero no te entristezcas, te llevaré a un lugar donde serás bien recibido.
Le tendí la mano y me la cogió.

Muchas veces visitaba la posada de Earl. Sabía que él encajaría a la perfección. La posada era un edificio de madera enorme al pie de unas montañas. El ala oeste se sujetaba con unas vigas de madrea sobre un lago. De la pared salía un embarcadero también de madera, al que estaban amarradas un buen número de barcas de vela.
El sol estaba alto aquella mañana.
Entré en la posada seguido del Poeta, que no me soltaba la mano.
El viejo Earl, con su eterna camisa a cuadros, el pelo canoso y las gafas caídas sobre la nariz, leía un libro detrás del mostrador de recepción.
-Mira quien tenemos aquí –dijo el hombre cuando me vio-. ¿Y quién es tu amigo?
El Poeta se escondió detrás de mí.
-Alguien muy especial –dije-. ¿Hay alguien en la posada esta mañana?
Earl se rascó la cabeza.
-¿Déjame pensar? Sí. El señor Byron, el señor Bécquer, el señor Poe y el señor Milton están en la sala.
-Pues llámales. Creo que deben conocer a mi amigo.



La frase “estar enamorado del amor”, se la he robado a María.

Ilustración: The Dungeon, por Ciruelo.

miércoles, mayo 10, 2006

Dark Angel, por Brom.

-Escribo para mantenerte alejado.
-Pero cada palabra me hace más real.
-Ya, pero puedo inventar mil jaulas para ti.
-Cada frase me hace más poderoso. Tanto como tu imaginación, podré escapar de cualquier cárcel.
-¿No hay escapatoria entonces?
-No. Tu debes crearme para que yo sea el fin de todo.
-¿Por qué yo?
-No eres tú. Es la raza humana la que habla por ti. Todo a he de tener un final. No sois una excepción.
-¿También lo tendrás tú?
-¿De qué sirve un dios sin nadie que crea en él?
-Pero tú eres el mal más absoluto.
-Claro. Y el bien supremo. Acabaré con las guerras, el hambre, el amor, la vida. Es tan sencillo. Dos caras de una misma moneda. Siempre fue ese el fin escrtio tanto tiempo atrás.
-¿Escrito por quién?

No hubo respuesta a esa pregunta.
SE BUSCA A ESTE TIPO.



Se le acusa de envenenar las mentes de todos aquellos que tienen la desgracia de caer en las garras de su blog con relatos macabros y escritos obscenos. Si le ven, tengan cuidado que muerde.
La mejor forma de atraparlo es lenzarle una jarra de cerveza bien fría y atacarle atraición mientras se la bebe. Se castigará sin remisión a todo aquel que sea sorprendido leyendo algo escrito por este energúmeno.


Lo siento, pero se me había acabado que leer en el mundo Blogil conocido y me aburría. Además, si el Chico Gris y Canichu ponen fotos suyas, no voy a ser yo menos.
Madrid.


Escuchó una voz peluda en su oído que decía:
-Perdona, te importa soñar un poco más bajo, es que tus sueños se están derramando sobre los míos.”

Ayer estuve con María en Madrid.
Una tarde entera de pasear, comer y beber. Nada más. Solo ella y yo y la ciudad que se habría al sol de la tarde como una flor, mostrando todos sus pétalos y todos sus pequeños pistilos.
Me encanta Madrid. Es como si no se acabara nunca, un mundo infinito lleno de posibilidades. Una máquina insaciable de fabricar detalles, colores, sonidos, olores. Bajo el sol tibio, los edificios parecen pinturas y dan al mundo una agradable y cálida sensación de irrealidad y por un momento me parece estar en un relato de Neil Gaiman.
La cita es de un libro suyo que no tenía fichado, Stardust, y que me saltó a las manos desde un estante del Fnac. Lo abrí y eso fue lo primero que leí. Es una pena que siempre le persiga estigma de guionista de comics. A mi me parece uno de los mejores creadores que hay ahora mismo.
Por desgracia, mi economía este mes, para variar, no esta para hacer grandes alardes, así que, como ya había elegido la edición especial de Fragiles de Jaume Balagueró, el libro volvió a las estanterías, junto con uno de Paul Auster y otro que transcurre en Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Pero el mes que viene me las veré con los tres, voto a tal.
Al salir de la tienda, un quinteto de cuerda interpretaba obras de Mozart, Bach y otros –no soy ningún experto en la materia, ni falta que hace-. María y yo nos quedamos en silencio, atrapados por los violines, cuyas notas revoloteaban a nuestro alrededor, construyendo una jaula dulce y meliflua. Cuando los violines hablan, todo parece detenerse en el mundo y en la calle atestada de gente el tiempo era más lento, como más sólido. Yo la miraba a ella y la veía más hermosa que nunca, engalanada con la música y con el marco de la ciudad. Y es que siempre he pensado que, a María, las ciudades viejas y sabias empapadas de sol, le quedan especialmente bien.
Unas monedas a los músicos y otra al saxofonista negro que siempre convierte la calle paralela en una novela negra y al que algún día, algún día, inmortalizaré en un relato que escribiré también en inglés, para darle una copia y es que el tipo no habla, creo, ni papa de español.
Seguimos nuestro camino buscando el callejón del Gato (no, no sabemos donde está), a ver si al mirarnos en los espejos deformantes, nos vemos un poco normales, un poco como el resto de la gente. O por lo menos a ver si al fondo del Madrid deformado que los espejos devuelven a la mirada de los curiosos, podemos ver el fantasma de un tipo desaliñado, vestido de negro y con una larga barba blanca.
No lo encontramos y a mi me entró sed. En un callejón, como puesta ahí por los dioses, encontramos una taberna irlandesa llamada Moore`s. Tras la barra, una valkhiria bastante guapa y alta ayudaba al tal Moore, un irlandés cincuentón y canoso al que la taberna le quedaba como anillo al dedo. ¿Qué puedo decir? El mundo se ve todavía mejor con una pinta de Guiness en las entrañas.
No encontramos el callejón de marras, pero la ciudad, que a eso de las nueve de la noche se me antojaba como una enorme y tranquila bestia que se desperezaba con torpeza y se preparaba para la noche, todavía iba a hacerme un regalo más. Encontré una taberna especializada en tapas y cervezas belgas. Adoro la cerveza de abadía belga y para mi aquello fue como encontrar el paraíso en la tierra. Para colmo, el sitio en cuestión tenía un cartel en el que podía leerse que estaba permitida la entrada a los perros y que servían tapas especiales para ellos. Si hay algo que me guste más que una cerveza de abadía son los perros. Desgraciadamente, el lugar estaba cerrado ese día y me quedé mirando la puerta con cara de tonto, sopesando la idea de tirarla abajo a cabezazos y vaciar así las existencias de Te Deum roja. Mientras, imaginaba jarras y jarras de espumante cerveza tostada corriendo entre una multitud de clientes acompañados por sus perros. Ahhhhh!!!!
De vuelta al coche, el sol ya se derramaba por los edificios hasta las aceras y el asfalto.
Nos despedimos de Madrid con nuestro recién adquirido botín, la película de Balagueró, el Llano en llamas, que me había regalado María y un libro de Ana María Matute que yo le regalé a ella. Adoro Madrid

El de la foto es el señor Gaiman.

lunes, mayo 08, 2006

Perdona, me estás devorando una pierna.


Despertó en medio de la nada, como suena, con todas las letras, LA NADA.
No podía ver nada, claro, porque no había nada, ni palpar nada a su alrededor por eso mismo, porque le rodeaba una completa nada.
Bueno.
Nada no.
Algo le estaba devorando un pie. Intentó ponerle nombre a la cosa, pero no tenía forma definida y no recordaba nada que se le pareciese en lo más mínimo. Quizá un niño pequeño con tentáculos, un armiño con un sorprendente parecido con Ronald Reagan. No sé. La verdad es que no tenía forma y ya está.
La nada resultaba ser sorprendentemente cómoda. Le rodeaba y le acunaba como un manto suave y acogedor, así que, como la cosa, que ya había devorado la mayor parte su pierna derecha, no le hacía daño, decidió esperar a ver si se daba cuenta que ya se había despertado. Pero ésta no parecía percatarse de los ojos que intentaban definirla y encuadrarla en una categoría animal concreta y seguía devorando. Terminó con la pierna derecha y siguió con la izquierda.
Aquello ya le pareció demasiado.
-Perdona. ¿Sabes que me estás devorando las piernas?
-¡Oh! Sí, si, seguro, ya me había dado cuenta.
-Bien, solo era por si no lo sabías.
.Sí, pero gracias de todas formas.
Y la criatura siguió con su manjar, como si nada hubiera ocurrido y como si realmente no pudiera hacer otra cosa.
Aclarada la situación, no se le ocurría ninguna otra cosa que decir, así que intentaba distraerse con cualquier cosa. Sus pensamientos intentaban volar lejos, pero la maraña de la nada era demasiado espesa y no se podía escapar de ella, le rebotaban con violencia contra la mente y se pegaban unos a otros formando un una pelota demasiado pesada y confusa. Al poco rato le dolía la cabeza y tuvo que volver.
Sonaba una cancioncilla.
Se miró las piernas y vio que la criatura se había detenido a hacer un descanso, justo antes de llegar a su rodilla izquierda, y tarareaba con aire distraído una canción de Sinatra,
-Strangers in the Night, tararara…
-Perdona. Ya que me estás devorando, por lo menos me podrías decir quien eres.
-Pero si ya lo sabes.
-¿Lo se?
-Ciertamente.
Entonces la palabra vino a su mente, auque siempre había estado allí.
-Eres la Soledad.
- A tu servicio. Hace un magnífico día de nada, ¿verdad?
No le contestó. Estaba demasiado perplejo. Solo tenía treinta años y no entendía como había permitido que la Soledad le devorase de aquella manera impune. Él tenía amigos y una novia y familia. ¿Dónde se habían ido? Trató de seguir su rastro en le tiempo, en los recodos de su memoria, pero solo encontraba imágenes vagas. El tiempo había borrado su vida en común con los seres humanos que amaba y que de alguna manera había apartado de su camino.
Pero solo tenía treinta años. Estaba a tiempo. Tenía que estarlo. No podía rendirse. No podía dejarse devorar sin plantar batalla. Iba a vencer a la Soledad.
Comenzó a hacer toda una serie de planes maestros para convertirse en una persona mejor y tener gente que le apreciase alrededor. Estudiar, cuidar sus modales, su imagen, ser una persona mejor, interesarse por los problemas de la gente.
En un espacio de tiempo no demasiado largo había diseñado una vida perfecta y a poco que el plan le saliera bien, moriría dentro de mucho tiempo, rodeado de gente que le admiraba y amaba.
-Perdona, voy a devorarte ya los ojos, ¿te importa?
-No, no, claro que no.
Sí, su plan no podría fallar.

La ilustración es de Clive Barker y se llama Devotion.

domingo, mayo 07, 2006

Me apetece escribir algo y no se me ocurre nada, así que empezaré con una palabra de la lista de Alegoria a ver que pasa. Aunque lo leeréis al mismo tiempo, el título lo pondré después.
Alegoria, me puedes pedir derechos de autor si quieres.


El monstruo.

Devorar.
Desgarrar tejidos.
Hundir la cara en una herida caliente y sentir en la piel el calor de la vida que se desgarra, que se escapa lentamente.
Nada le hacía sentirse más vivo.
Las viejas culturas no estaban equivocadas. Nuestra civilización ha desdeñado las antiguas creencias, ignorando toda la sabiduría ancestral que encierran. Mal hecho.
Cuando devoraba a sus víctimas sentía como la carne nueva se unía a la suya de forma casi obsecna, pero la sensación de placer era indescriptible. La sentía correr por su organismo y fundirse, muy caliente, casi ardiendo, con sus células.
Cada vez era más fuerte.
Cada vez sentía que estaba más cerca de conseguirlo.
Con cada nueva víctima se sentía más poderoso. Menos humano.
No podía evitar reírse cuando leía en los periódicos o veía en la televisión como le catalogaban de psicópata, de enfermo mental, de monstruo.
Estaba tan por encima de todo eso.
La ecuación era sencilla. De todas esas palabras, solo una le definía bien. Monstruo.
La vieja literatura, las viejas leyendas, una vez más, encerraban la verdad absoluta. El ser humnano muere, es mortal. La vida es la peor de todas las enfermedades, nos consume, nos corrompe, nos lleva día a día, año tras año, hasta la muerte, inexorablemente. Un proceso que puede ser largo o corto, dulce o lleno de dolor, como cualquier enfermdad. Pero el resultado era el mismo.
Sí, el ser humano muere. Pero el monstruo no. La respuesta a la búsqueda de la inmortalidad etuvo siempre encerrada en el folclore. Solo había que saber verlo, limpiar todas las capas de superstición y creatividad literaria para desvelar el secreto encerrado en todas las viejas leyendas. El monstruo es inmortal. El vampiro, el hombre lobo, el fanstasma. Daba igual.
Había que dejar de ser humano y convertirse en monstruo, en el monstruo absoluto y verdadero que se esconde tras los miedos humanos y que la vieja fantasía había enmascarado. Liberar el terror absoluto que el cerebro humano, o su alma, o como se le quiera llamar lleva dentro. Si el ser humano había inventado a Dios, también al diablo. ¿Qué era Lucifer sino la expresión de todo lo terrible que llevamos dentro y que clama por salir?
Solo el miedo a la muerte podía dar el valor necesario para convertirse en el monstruo. Para él las ganas de vivir eran proporcionales a la necesidad de matar.
Pero el hombre es cobarde.
El hombre no iba a dejar que el mosntruo se liberase.
Ahí entré yo.
Me consideraban el mayor experto en asesinos en serie del mundo y confiaron en que le atraparía.
Y lo hice.
Pero una vez ves el abismo y el camino para cruzarlo, es difícil no dar el primer paso.
Escuché el mosntruo llamándome.
la primera víctima vino sin que supiera muy bien como. Su carne caliente en mi boca. Masticar los pequeños pedazos duros y sentir la sensación de poder cuando su materia se ligaba a la mía y me hacía más poderoso.
¿Qué puedo decir? ¿Quién no teme a la muerte? Y él me enseñó el camino para burlarla.
Si estás por encima de la muerte, también lo estás por encima de la moral y las leyes humanas. eres casi un dios.
Casi he conseguido transformarme, y ahora no tienen al mayor experto en asesinos en serie para que me encuentre.

sábado, mayo 06, 2006

Me tocó la "V".



Beauty and the beast, por Ciruelo.

Vamos con el juego propuesto por nuestra querida Enígmala.
Me tocó en gracia la letra V.

1- VIVIR. Pon encima de todo, con todo lo que ello acarrea.

2 - VIAJAR, por que es una de las cosas que más deseo en la vida. Sin muchas otras podría vivir, pero si llega el día de mi muerte y pienso que no he viajado lo suficiente o que no he visto lo suficiente, pensaré que ya había muerto mucho tempo antes.

3- VICTORIA. Siempre hay que jugar para ganar y sobre todo en la vida, no soporto la sensación de que soy un perdedor. Pero no olvido que para ser un ganador no siempre hace falta levantar ningún trofeo. Es triste pero esta frase que me encanta, la dijo hace poco un jugador de la Roma, Vincenzo Montella.

4- VISTA. Supongo que el más desarrollado de mis sentidos y el más importante de todos para mi. Soy uan gran admirador de la belleza en todas sus formas y sin la vista me perdería un buen cuadro, una grandiosa catedral, un amujer hermosa, una esmeralda o un bosque verde y profundo.

5- VERDE. Mi color favorito.

6- VOLUPTUOSIDAD. Me encanta como suena. Además, hoy estoy un poco espeso y es la única palabra con conotación sexual que se me ha ocurrido con la "v". Bueno, sin contar Vagina, pero me gusta más como suena voluptuosidad.

7 -VOLCÁN. Yo lo soy, puro fuego y pasión por dentro, hasta lo irracional y me encanta la gente que es así.

8- VAMPIRO. Por infinitas razones.

9 -VELA. Una de las cosas que más me gustaría hacer en la vida es navegar.

10 -VIKINGO. Un pueblo que me fascina, aunque el término ellos nunca lo usaban. Hace poco, unas amigas italianas me dijeron que al principio de conocerme, cuando no se acordaban de mi nombre, me llamaban el vikingo, por los ojos claros y la barba rubiopelirroja extraña que tengo. Me inflé como un globo. También es que es la única palabra que se me ha ocurrido con "v" que tenga que ver remotamente con una de mis grandes pasiones, la fantasía épica.

Bueno, esa es mi lista, aunque si lo pensara media hora más, borraría algunas palabras y pondría otras, seguro. Así que voy a publicar la entrada ya y así será inamovible

jueves, mayo 04, 2006



He tardado mucho.

La verdad es que no se muy bien por qué, pero ciertamente he tardado bastante en hablar de mi película, o debería decir películas más bien, favoritas. Está no es otra que Antes del amanecer y por consiguiente su secuela, Antes del atardecer, dirigidas ambas por Richard Linklater y protagonizadas por Ethan Hawke y July Delpy.
Diecinueve años tenía yo cuando una tarde, en compañía de mi hermana, que por entonces contaba nueve, pusimos el Canal Plus, a ver que ponían, y nos encontramos con aquella maravilla de película.
En aquellos momentos mi vida era terriblemente aburrida, atrapado por una pareja de la que no estaba enamorado y con la qué había perdido mi adolescencia, sin amigos. Un desastre. Pero aquella tarde, lo vi claro. La película me abrió los ojos y la mente y en menos de un mes había acabado con aquella farsa de relación y había conocido a la mayoría de mis actuales amigos, que son mi familia.
Antes de amanecer es romanticismo puro. Pero no el sucedáneo romanticoide de la Bullock o la López, productos no aptos para diabéticos y sí para mentes simples. No, en Antes de Amanecer podemos degustar el romanticismo real, ese que nos está esperando si somos capaces de agarrar la vida por los cuernos y dejar todo lo que no nos hace felices, y viajar y buscar nuevos caminos en ciudades desconocidas, que se nos abren como una baraja, apenas mostrando sus misterios, invitándonos a coger una carta y a ver que pasa. La película nos habla del amor, del amor verdadero que se puede encontrar en un día, a lo largo de los años o nunca, pero que está ahí, es real, nos marca y por mucho que lo intentemos, como vemos en la segunda parte, no se olvida. Sartre dijo que la felicidad no existe, solo los momentos perfectos. En la vida puede que haya muchos o pocos, no hay manera de saberlo, así que no nos queda más remedio que aprovecharlos todos, exprimirlos, como hacen Jesse y Celine, los personajes. Momento perfecto es cuando, y no revelo nada importante si no la habéis visto, Jesse le pide a Celine que se quede quieta, que le quiere hacer una foto mental, allí, al amanecer de Viena, para recordarla siempre así. En ese momento Richard Linklater acerca la cámara a un plano medio y bajo aquella luz tenue, July Delpy sale hermosa, tan hermosa como jamás ha estado en la vida, estoy seguro.
La cámara viaja con ellos por Viena, como flotando, como si no estuviera allí, consiguiendo que la ciudad, así como París en la segunda parte, esté viva de veras, y los personajes que llenan sus calles sean reales, de carne y hueso.
No voy a alargarme mucho más porque no soy crítico de cine, y aunque lo fuera, es obvio que no sería imparcial con estas pelis. Solo diré más, que el momento de Antes de atardecer en que ambos estallan en el coche, camino de casa de Celine, me parece la mejor declaración de amor jamás rodada.
En fin, la vida sin aventura y romanticismo no es nada. No hay nada como recorrer ciudades desconocidas con la persona a la que amas.
Para acabar diré, que yo no me planteo empezar una relación sin que la persona en cuestión no pase una pregunta trampa. Me digo a mi mismo, “¿Puede ser esta chica mi Celine?”
Mi hermana por su parte, hace lo mismo. Desde entonces, han pasado nueve años, las habrá visto más de mil veces y sigue buscando a su Jesse.

miércoles, mayo 03, 2006

Nadie me va a borrar.


Vivo en alguna parte entre el pasado y el presente.
Vivo vagando por el ahora como una imagen velada por el tiempo, impregnado en las paredes de mi antiguo hogar, formando parte de ellas, una capa más entre la vieja pintura desconchada y el ladrillo cansado y vencido por los envites de los años. No soy más que un susurro amarrado al aire cerrado de los pasillos de la vieja casa, un eco flotando deshilachado de puerta en puerta.
Yo habito lejos de las miradas, de las conversaciones, del tacto, lejos de los sentidos, pero cerca, muy cerca de la intuición, del escalofrío que eriza el vello de la piel. Mi reino es el reino del rabillo del ojo, del reflejo huidizo en un espejo, de la sombra que pasa a tu espalda y solo sientes un leve pinchazo frío en la nuca.
Goteo por los muros, una esencia espesa y tibia, me derramo por los suelos y fluyo por las tuberías.
Hace ya mucho tiempo que las últimas palabras se secaron en mi garganta y cayeron muertas al polvo de los pasillos. Desde entonces solo puedo chillar de forma agónica y modelar una y otra vez las palabras que escancié en vida y quedaron flotando por el aire. Esa es mi existencia, repetirme a mi mismo de forma lastimera, intentado que no se borre todo cuanto fui, que lo poco de mi que no fue destruido por la muerte se preserve entre estas paredes, tras estas ventanas por las que veo el mundo avanzar, mientras yo me repito, me clono a base de vivencias fragmentadas, arrancadas aquí y allá por toda la casa, para que el olvido no me consuma.
Salto de un año a otro, de una conversación a otra, de recuerdo en recuerdo, de las penas a las alegrías y jamás puedo detenerme, no hay descanso en mi devenir, pues si me paro una sola vez, el tiempo y la realidad, que aguardan como lobos al otro lado de la puerta, entrarán y con ellos nuevos inquilinos, que tirarán las puertas, limpiarán el polvo y arrancarán de las paredes la pintura vieja, y con ella me iré yo. El aire limpio entrará por todas las ventanas abiertas, como un torrente que limpiará de viejas energías, de recuerdos, de vivencias, todas las habitaciones de la casa y ya no tendría sitio donde esconderme. Me olvidaría poco a poco a mi mismo hasta que mi existencia, triste y vaga, sí pero existencia al fin y al cabo, se apagara poco a poco. Entonces la muerte habría ganado la batalla por fin.
Soy un fantasma. Un espectro. Nadie va a entrar en mi casa a llenar las habitaciones de nuevas voces y a impregnar las paredes de nuevas vivencias. Nadie me va a borrar.