jueves, junio 29, 2006

Velatorio.



Los murmullos y los rezos tejen una tela siniestra y gris que deforma todo. El ambiente en la habitación está cargado y me pesan los ojos. Apenas consigo distinguir las formas de los asistentes, figuras borrosas detrás de hilos de humo de cirios y luz mortecina de una bombilla sucia y agonizante. Las ropas son todas negras, no se si por que lo son de veras o porque no soy capaz de distinguir más colores a parte de ese, el amarillo insidioso de la luz, y el blanco de las sábanas. No me atrevo a mirar al cadáver directamente. Lo observo con cobardía desde el rabillo del ojo. Apenas una mancha parda entre las sábanas. Una forma vagamente humana, desecha por la luz antinatural, por mis miedos y por lo asfixiante de la atmósfera. Un cuadro impresionista en relieve, un cuadro que se pudre a cada segundo que el reloj marca, ajeno a todo, indiferente, en la pared.
No sé que diablos hago yo aquí. No recuerdo bien como he llegado y no recuerdo que nadie a quien yo conociera hubiera muerto. No quiero estar aquí. Dios, creo que estoy sufriendo un ataque.
Desde pequeño me aterró la muerte. Jamás he ido a un entierro. No soportaría ver como el ataúd se hunde en la tierra y se traga algo que una vez fue persona, que rio, que soñó. La extinción total. Las religiones mienten, la fagotización de tu propia existencia por la nada, por el cosmos implacable. No logro imaginarme como debe ser el dejar de existir. Dejar de sentir, de pensar, de tener conciencia. Es algo completamente injusto. Yo no quiero morir, no quiero desaparecer. Es tan terrible, que ni siquiera seremos capaces de lamentar dejar de estar vivos, para lamentar algo de alguna forma hay que existir minimamente. El pienso luego existo anulado en su esencia.
Yo no quiero estar aquí. No conozco a la persona que ha muerto. ¿Qué pinto yo aquí?
Los rezos se me clavan en lo oídos. Por favor, que paren esas viejas de rezar y de llorar. Que se lleven este maldito muerto de aquí. Quiero salir, necesito salir, pero la puerta está cerrada y cuando he pedido por favor si alguien me la podía abrir nadie me ha hecho caso. Solo tienen ojos para el maldito muerto.
Pero debo estar aquí por algo. Quizás si que le conocía. Creo que debería echarle un vistazo. Voy a girar la cabeza, solo un momento. Tengo que saber que hago aquí. Solo una mirada.

¿Entonces qué? ¿Qué significa todo esto? Yo nunca he creído en Dios. Nunca creí en el más allá. Siempre quise hacerlo. Siempre desee ser creyente de alguna doctrina y creer en un ser salvador que nos rescate de la nada que nos espera cuando nuestro cuerpo biológico muere. Pero nunca lo conseguí. Recopilé todas las historias de fantasmas que pude con la esperanza de que mi hicieran creer en otra vida más allá de la muerte. Pero ninguno de esos placebos me servio No fui capaz de creer en nada. Es tan lógico que en el mundo no había nada místico, que creamos todas las mitologías y folclores para poder seguir viviendo sin el terror palpable de que tras la muerte todo acaba. La imaginación del ser humano es su defensa contra la terrible verdad universal. Química, física, principio y final. Nada de dioses, ni fantasmas, ni paraíso, ni tan solo un triste infierno en el que refugiarse. Solo la nada. Tratamos de imaginarlo y lo hacemos como una inmensidad de color negro. Pero ni siquiera tiene color. Es nada. Siempre se dice que la imaginación del hombre es infinita, pero no es verdad. No podemos imaginar la nada.
¿Pero entonces qué es todo esto?
¿Por qué si mi cuerpo está hay, si estoy muerto, estoy aquí, junto a la pared, contemplándome? La respuesta llega rápidamente. Aún no estoy muerto del todo. En mi cerebro quedan ráfagas de energía que activan ciertas regiones encefálicas y se producen pensamientos, desvaríos residuales de mi mente agonizante. Eso es todo lo que queda de mi, una corriente que desaparece rápidamente en un cerebro muerto. Ni siquiera puedo sentir miedo, no queda de mi cerebro lo suficientemente vivo para poder formar ese sentimiento, es un alivio. Las formas que rezan siguen borrosas, y ahora sé por qué. Realmente no puedo verlas porque mis ojos están cerrados, solo las oigo levemente, mi cerebro sabe que me están velando y reproduce esta pálida copia de la escena verdadera que se debe estar produciendo fuera de mi mente.
Me pregunto como empezaré a desvanecerme, a desaparecer del todo cuando el cerebro muera completamente. ¿Me iré desvaneciendo lentamente, primero una mano, luego un brazo, y así sucesivamente, o desapareceré completamente en un solo segundo?
Ceo que mi mente ya empieza a fallar, pues entre los rezos me ha parecido oír una voz completamente distinta a toas las demás que me llama. Sí, ahí está otra vez. Una voz extraña, no sería capaz de definirla, como si el viento pudiera articular palabras, o la lluvia producir vocablos. Me ha vuelto a llamar. Pero la voz, estoy seguro, aunque no se por qué, no es de ninguno de los asistentes a mi velatorio. De todas maneras los observo,.
La presencia vestida de rojo no estaba ahí antes. Y ahora, en lo más hondo de todo mi humanidad, de una forma que ningún lenguaje terrestre puede expresar, siento miedo.
Como en una visión demoníaca sacada de una novela gótica, puedo ver que la aparición, realmente, no va vestida de rojo, son ríos de sangre que caen desde su cabeza y se enroscan en su cuerpo como serpientes hechizadas. Su pelo también es una maraña formada por sangre sobre sus espaldas. No tiene nariz, solo dos ojos negros y redondos y una fina y melancólica sonrisa. La boca no se mueve pro me vuelve a llamar. Es como si el cosmos se plegase sobre mi cabeza y revelase sus secretos. Esa figura es la Muerte. Lo sé igual que un perro saber nadar la primera vez que lo tiras al agua. Es la Muerte en persona, corpórea, con un poder infinito, que viene a por mi. Quiere llevarme, pero ¿dónde?. Eso ya da igual. La muerte está aquí, más real de lo que siempre la imaginé, tomando forma. Está claro que yo estaba equivocado. Morir no era el final. Estoy tan contento, que me lanzó sobre la Muerte y la abrazo. Esto le pilla de sorpresa y da un leve paso atrás. Luego se calma y me acoge. Calor y frío y todo se va desvaneciendo y una sensación como de nacer, y una luz y los recuerdos se deshacen como papel mojado, y la luz, y calor y frío.


Perdón, mil perdones por mi tardanza. Pero he vuelto. He estado liadísimo, tengo unas ganas de tener internet en casa y no dejaros abandonad@s tanto tiempo. Mañana si tengo tiempo bucearé por los blogs amigos. Como sois muchos los queme escribisteis en el post anterior no me da tiempo a contestaros a todos, así que mil gracias a los viejos y a los nuevos por participar, os aseguro que la visita será devuelta. Por cierto, Liliana, si sigues por ahí, hace una semana tuve ocasión de leer el inicio de la nueva novela, todavía inédita de Paul Auster. Cuando se fue a rodar la peli en la que está enfrascado, le entregó a su editor el manuscrito para que la publicase el uno de enero del 2007. Dice que es la novela más extraña que ha escrito, habrá que esperar un poco todavía. Bueno compañeros, como siempre, un beso Desde las Sombras, me prodigaré más a menudo, palabra de honor.
Se me olvidaba decir que este relato en principio era una idea para un corto, pero la he reciclado.

miércoles, junio 07, 2006





Autómatas.



Bueno, bueno, he vuelto. Tengo muy abandonado el blog y no quiero ni pensar en los blogs amigos, a ver si tengo tiempo y me poco al día con todo lo que habréis escrito en la última semana. Le estoy dando vueltas a un nuevo relato, pero me falta redondear algunas cosas, ya lo publicaré. Mientras, para quien le interese, os cuento algo.
El domingo estaba viendo Cuarto Milenio, el programa de Iker Jiménez. Dedicaron un breve reportaje a los autómatas y me recordó que hace años vino a mi ciudad un espectáculo llamado El Teatro de los Autómatas. Se trataba de una carpa en cuyo interior había ventanas tras las cuales unos autómatas representaban escenas supuestamente cómicas, todas con una ambientación de principios del siglo veinte.
Yo era muy joven, no sé, catorce o quince años, y los movimientos mecánicos y antinaturales de los pequeños muñecos, sus miradas perdidas y sus sonrisas forzadas me parecían de todo menos divertidas. Cuando llevaba un rato mirándolos lo que realmente me parecían era terribles. La luz era tenue y creaba ambiente una música de carrusel de lo más siniestra. Junto a mí, había padres que tiraban de sus hijos de una escena otra y pude ver que las caras de los niños se parecían mucho a la que debía estar poniendo yo. Estaba claro que los niños encontraban aquellas figuras animadas igual de inquietantes como y tenían la misma sensación que estaba teniendo el que suscribe, que los que realmente estábamos siendo observados éramos los que nos encontrábamos a ese lado del cristal.
Desde entonces me han fascinado eso pequeños diablos, de hecho soy un fanático de todo muñeco que se mueva. Desde los títeres a las fascinantes creaciones de Jim Henson. Para los que no lo conozcáis, Henson es el padre de cualquier muñeco animado famoso en el que penséis: los Teleñecos, sí, los Fraguel, sí, Cristal Oscuro, es suya. En fin, un genio. Que me desvío, como me ponga a hablar de Henson no paro. De los autómatas, como decía, me inquieta hasta la fascinación ese escorzo de vida que poseen y del que parecen querer escapar, esa amenaza velada tras sus ojos de cristal inmóviles, esa mirada que parece escaparse de su hieratismo en cuanto posamos la nuestra en otro punto. Me pongo a pensar en que cuando no los miras, por el rabillo del ojo, te parece ver que el movimiento repetitivo al que están condenados ha cambiado en algo. Imagino la típica escena de cine de terror clásico en la que te vas a ir y cuando te das cuenta y te giras, los muñecos malditos se han escapado de sus vitrinas y están en el suelo a tus pies, mirándote y con intenciones de lo más dudosas. Me fascinó tanto aquel teatro que escribí un cuento. Era de terror, claro. Le pena es que lo he perdido, me gustaría echarle un vistazo tantos años después, para ver como escribía en mis inicios. Estoy seguro de que era una mezcla entre los estilos de Robert E. Howard, H.P. Lovecraft y Doyle, que era lo que leía entonces. El caso es que se me ocurrió presentarlo al concurso de mi instituto, la primera vez que lo hacía, y debió presentarse además de mi la cabra de la legión y un tronco daltónico, porque