lunes, julio 31, 2006

Luz de fantasmas.

Bueno, aquí estoy de vuelta, como prometí. La idea de esta historia me la ha dado el nuevo libro de Chuck Palahniuk que es una enfermedad de novela. En ella habla de la luz para fantasmas y explica lo que es y a mi me ha inspirado esto. A lo mejor a alguien le inspira otra cosa y se anima a escribir algo distinto, hay dejo la propuesta. Mientras, estoy contando los días que nos faltan a María y ami para irnos de vacacioines y pisar tierras francesas, holandesas y belgas. Buen verano.


¿Sabes cuando eres pequeño y el tiempo parece que tarda una eternidad en pasar? Esos cursos de colegio interminables, la inmensidad de los años que son como pequeñas vidas. Esos veranos en los que el tiempo, agobiado por el calor, parecía tomarse las cosas con un poco más de calma y casi detenerse y luego, cuando te haces mayor, parece que se de cuenta de que tiene que adelantar todo el trabajo perdido y empieza a correr más deprisa y los días se te escapan entre proyectos y sueños como agua entre los dedos. Pero a Mort, que tiene diez años, le encantaría que el tiempo corriera más y cuenta cada día, cada fracción de tiempo que le separa de una nueva temporada en casa de su abuelo.
Para Mort su abuelo es su ídolo.
Su abuelo viajó por todo el mundo con la abuela, a lugares tan lejanos que se tardaban meses en llegar. El abuelo relata siempre con todo lujo de detalles a su nieto las historias de esos viajes y la imaginación del niño construye en su mente mundos maravillosos a los que está seguro que viajará cuando sea mayor.
Ir a casa del abuelo es para Mort un billete hacia un lugar encantado, donde todo puede pasar.
Su abuelo ya es muy viejo, y desde que la abuela murió, su mirada está cargada de una tristeza inmensa que no es capaz de ocultar ni delante del niño, aunque tampoco lo intenta, por que el abuelo sabe que Mort es un chico especial, listo y con una mente maravillosa y no cree que tenga que ocultarle ciertos aspectos de la vida a los que va tenerse que enfrentar. Pero le sigue contando historias y la casa sigue siendo igual de grande que siempre, llena de recovecos, pasadizos, habitaciones secretas y tesoros que el abuelo ha ido recolectando a lo largo de sus viajes.
Pero lo mejor de todo es el teatro.
La casa del abuelo está junto a un viejo teatro abandonado que el abuelo compró. Cuando Mort le preguntó por qué lo había comprado si estaba viejo y abandonado, él solo le dijo que cuando era joven iba todas las tardes a ese teatro y allí le ocurrieron cosas maravillosas y transcurrieron los años más felices de su vida. Y luego añadió que además estaba encantado, como cualquier edificio antiguo. Por eso, cuando el niño se convirtió en hombre y se casó con la abuela y triunfó en los negocios, compró el viejo teatro y el edificio de al lado, dono construyó su casa.
Mort, efectivamente es un chico especial. No dudo ni un solo segundo que era cierto que el teatro estaba encantado y puesto que su abuelo iba todas las noches al teatro y minutos después salía otra vez, le pidió que le dejara acompañarle. El abuelo le miró muy fijamente y le dijo que si le acompañaba tenía que sur muy, muy valiente. Y mientras le decía esto le miraba a los ojos muy serio, así que Mort, que pocas veces veía esa mirada en su abuelo, sabía que le estaba hablando realmente en serio. Pero Mort es un chico especial, y es muy valiente.
Esa noche acompañó a su abuelo. Y no hablaron hasta que estuvieron frente al escenario, arruinado y mohoso, las cortinas del telón descoloridas y las tablas del suelo devoradas por la carcoma.
Entonces el abuelo le contó la historia de la luz de fantasmas y en sus palabras se podía notar un olor dulzón y amargo al mismo tiempo, el olor de la tristeza y la melancolía. Como el abuelo estaba muy serio, Mort no preguntaba, solo escuchaba.
Según el abuelo, es una costumbre, o lo era al menos en los viejos teatros, dejar una luz encendida en el escenario para ahuyentar a los fantasmas. Eso es lo que el abuelo hace cada noche, encender la luz de fantasmas. Y de pronto, todas las sombras que les rodeaban, todas las que quedaban fuera de las viejas y gastadas bombillas de la enorme araña llena de polvo que colgaba por del techo, empezaron a tener un aspecto siniestro y amenazante para el niño y pensó que si las luces se apagaban, todos los fantasmas de aquel viejo lugar se abalanzarían sobre su a abuelo y sobre él.
Pero el abuelo siguió hablando y dijo que él no creía eso. Dijo que no había más pena que la de morirse y que la luz era un pequeño camino para que los muertos pudieran volver a este mundo solo por unas horas, recordar como era el estar vivo, sentir el calor del mundo, pues cuando te morías, dijo el abuelo, no ibas a ninguna parte, simplemente te comía una nada fría y terrible que te robaba todo, reduciéndote a algo menos insignificante que unas virutas de polvo cósmico flotando a la deriva por la noche eterna del universo.
Dijo eso y apretó un interruptor que había en la pared y todas las luces excepto una descarnada bombilla sobre el escenario se apagaron. Mort tuvo miedo, pero Mort es un chico muy valiente.
El abuelo le dijo que era hora e irse y Mort negó con la cabeza. Quería quedarse un poco más. El abuelo asintió con la cabeza y le dejó entre las sombras, sentado en una raída y polvorienta butaca, con la mirada fija en la luz de fantasmas, sin atreverse a parpadear.
Estaba aterrorizado y no le importaba reconocerlo. Pero el quería ser un gran hombre como su abuelo, recorrer el mundo y verlo todo. Para eso, no debía tenerle miedo a nada, así que no se iba a mover de allí.
Y no se movió, ni tan siquiera cuando por el rabillo del ojo le pareció ver que en algunas butacas a los lados y en algunas en filas que había delante, habían surgido siluetas oscuras que aguardan en silencio, sin apartar la vista de la luz de fantasmas.
La luz crepitó y se apagó durante unos segundos.
Cuando se volvió a encender había un hombre en el escenario.
Miraba al público, que eran Mort y las misteriosas siluetas. Desde donde estaba el niño podía ver que el hombre no tenía ojos y su cuerpo era como una imagen de película que se hubiera escapado de la pantalla. Comenzó a andar por el escenario y empezó a recitar con una voz que era como un llanto, como un susurro, como un lamento agónico. Mort sabía que era lo que el hombre recitaba, sabía que era Hamlet por que su abuelo se lo había leído muchas noches.
Ese fue el principio.
Luego el hombre se evaporó pero le siguieron muchas más figuras espectrales que recitaban fragmentos de viejas obras o lloraban o pedían ayuda y gritaban desesperadamente que les dolía estar muertos. Como polillas ciegas atraídas por la luz para fantasmas, revoloteando en briznas de existencia agotadas y tardías, desesperadas. Vidas reducidas por la tragedia de la muerte a volutas de humo enroscadas en torno a una triste bombilla y que el más leve soplido de viento dispersaba. Allí comprendió la tragedia de la vida y la muerte. Que lo más importante es la vida, que hay que amarla y respetarla pues no hay más y cuando mueres el dolor de no vivir es insufrible y te aferras como puedes, pero solo es posible echar un vistazo a través de la pequeña rendija que deje alguna puerta mal cerrada, un puerta como la luz para fantasmas.
Desde entonces siempre vuelve, cada noche, siempre que va a casa del abuelo. Allí contempla grandes tragedias, traiciones y grandiosas batallas, mil historias de amor y de desamor. Todo fragmentos de cosas que ocurrieron muchos años antes y de las que ya no queda ni el recuerdo en el mundo real.
Cada noche se quedaba dormido en la butaca, arrullado por las voces de los fantasmas, que no podían verle, porque no estaban vivos y no existían realmente, igual que los protagonistas de una película no se giran por mucho que les grites para avisarles que el monstruo está detrás de ellos.
Cada noche trataba de no dormirse, pero, ¿no so acordáis de cuando erais niños y planeabais quedaros dormidos roda la noche? Al final siempre vencía el sueño. Y Mort siempre se dormía en la butaca y cada mañana despertaba en brazos del abuelo, que había vuelto a apagar la luz de fantasmas y le llevaba a la cama.Pero un día aguantó hasta el final. Con los ojos cansados logró aguantar despierto hasta que los rayos de luz del día se colaban por las rendijas que las maderas viejas dejan. Una luz cargada de realidad que hería a los fantasmas, que parecían más pálidos, más enfermos, más muertos.
Esa mañana apareció una mujer en el escenario.
Era muy hermosa. Morena, de piel blanca y un rostro angelical que ni siquiera la muerte había logrado ajar.
Esa mañana Mort notó una presencia a su lado y no le hizo falta mirar parea saber que era el abuelo.
La mujer empezó a cantar y sabía que su abuelo estaba llorando. Mort es un chico muy listo y supo que aquella mujer era su abuela y que era allí donde ella y el abuelo se habían conocido. Que era en aquel viejo teatro donde el abuelo de joven se escondía entre el público y contemplaba embelesado a aquella artista que le había robado el corazón.
El abuelo se acercó al escenario, pero la abuela no podía verle. Seguía cantando mientras él sostenía una mano temblorosa a pocos centímetros de su cara, deseando trocarla, pero ella estaba muy lejos de allí.
El abuelo se fue abatido hasta el interruptor y encendió las luces del teatro.
La luz de fantasmas se apagó y el hechizo se rompió.
Los misteriosos compañeros de butaca de Mort ya no estaban.
Lo que quedaba de la abuela había desaparecido.
El abuelo fue hasta él y le tendió una mano que él cogió, y así, sin decir nada, se fueron a casa.
Y Mort sigue contando los días que quedan hasta que pueda volver a ir a casa del abuelo.

jueves, julio 20, 2006

Debo escribir esto en cinco minutos antes de que me echen a patadas de la biblioteca donde trabaja María. Os premeto que no he olvidado ni mi blog ni los vuestros, es solo que vivo demasiado lejos de cualquier punto civilizado y no tengo coche ni internet en casa. La próxima semana estaré de vuelta con algún relato y me pasaré por vuestros rincones a que me enriquezcáis un rato. Hasta entonces, gracias por seguir pasando por aquí y un abrazo.
P. D. : Forza Italia! Arribo la azurra!