lunes, noviembre 27, 2006

Vermilion Part 1 & 2

Por fin he aprendido, bueno, con la ayuda de maese Chicogris y Maese Vikutoru, a colgar vídeos. Le debo un cómic Chicogris y a Viku mi cosas más. En fin, como no podía ser de otra forma los primeros vídeos que quería compartir con vosotros son los de las dos partes de la canción de Slpiknot Vermilion. Son escalofriantes, trágicos, horriblemente hermosos, y dulces y aterradores, como las canciones. Como ahora estoy gorroneando el ordena de Viku, ya os pondré la letra en otro momento, por ahora disfrutad de la fuerza de la música y de las imágenes. Las entradas fallidas que veis son mis patéticos intentos de colgar los vídeos por mi cuenta. Cuando a mister Blogger le salga de las orejas dejarme borrarlas, las borraré.

Vermillion Part 1.



Vermillion Part 2.





Estos son los muchachos.
Felices pesadillas.

viernes, noviembre 24, 2006

AAAAAAAHHHHHHGGGGGGGG!!!!!!!!!



Un post muy breve, solo para deciros que acabo de encontrar un blog escrito por mi adorado Neil Gaiman. Casi me da un patatús. Para los que son nuevos en mi blog, diré que es uno de mis escritores preferidos. Es extraño, oscuro, fsacinante, delirante, original y un montón más de adjetivos que no se me ocurren. En mis Enlaces enontraréis el del blog de Gaiman, solo que tiene un pequeño inconveniente, está en inglés.
Felices oscuros sueños.

martes, noviembre 21, 2006

Recuerdos televisivos y monstruos.

Mi vida de pequeño se regía por dos reglas básicas. Mi Biblia eran las películas y sobre todo las series de televisión. Esa era una. La otra era que las noches eran terribles y sobrevivir a cada una de ellas era un suplicio. Ayer, viendo una de esas viejas series americanas de los ochenta, un montón de recuerdos me ha golpeado. Siempre me pasa lo mismo cuando veo esos inconfundibles filtros un tanto apagados o oigo las risas enlatadas. Recuerdo esas tardes de invierno, cuando en la calle ya estaba anocheciendo, pegado al radiador de mi casa, viendo esas viejas series o películas de los ochenta e imaginado que era uno de sus protagonistas, el que se enamoraba de la chica rubia o era perseguido por algún tipo de peligro. El mundo para mi siempre fue un tanto aburrido de pequeño, pues mi enorme imaginación creaba expectativas que la vida de un niño no puede cumplir. Ayer recordaba esas tardes, esperando a que mi padre viniera de trabajar, oyendo a mi madre, enfundada en una bata, preparando la cena en la helada cocina, fuera de la protección del único radiador que había en mi casa, al que yo me abrazaba mientras imaginaba que estaba en otro lugar, muy lejos de allí. Esos si son recuerdos agridulces. A veces los recuerdos se te clavan como cuchillas afiladas. Cuando me pongo delante de una de esas series o de una de las películas que devoraba de niño, como Dentro del laberinto, los Goonies, Los exploradores, viajo a aquella época. Y era una época triste, al menos así la recuerdo. Demasiado solo, un niño extraño que disimulaba muy bien sus tribulaciones internas y parecía medianamente normal. Pero mi mundo era mucho más oscuro de lo que dejaba ver a mis padres, familiares y amigos, que no eran muchos. Eso era cosa mía, nadie podía entenderlo. Un mundo enorme atrapado en un mundo real demasiado pequeño. Eso me asfixiaba.
Así que la melancolía vino a visitarme ayer por la tarde, mientras anochecía, roía las paredes de mi casa y se arrastraba por el suelo, con su inconfundible olor, olor a luz cálida, a lluvia, a noches de conversación apagada y triste en la barra de un bar junto algún amigo.
La melancolía sigue ahí. Los recuerdos no se van y casi puedo sentir el sabor de aquellos días, el frío de las noches bajo las mantas, con miedo a sacar la cabeza. El viejo miedo a las noches que siempre me acompañó desde que tengo memoria.
Creo que he dicho alguna vez que mis padres, como eran muy jóvenes y novatos, me permitían algunas cosas que otros niños no podían hacer. Por ejemplo, nunca me prohibieron ver nada en la televisión, ni me impusieron una hora para irme a la cama. Así que tuve acceso a muchas películas de terror, que hicieron de las noches de mi infancia un infierno. El resplandor, El misterio de Salem Slot, Las colinas tienen ojos, Un hombre lobo americano en Londres, Pesadilla en Elms Street y un largo etcétera de terribles imágenes que alimentaban mi imaginación y permitían que esta se explayara cada noche y creara un infierno particular para mi que no compartía con nadie. Recuerdo horas y horas en vela, bajo la manta, leyendo algún cómic con la luz de mi reloj casio o reproduciendo en mi mente alguna de mis películas favoritas, sobre todo los Goonies y El Señor de los anillos (la versión animada de Ralph Bakshi). Era un curioso don que tenía, podía reproducirlas enteras, plano a plano, frase a frase. Así noche tras noche, hasta que el sueño me vencía y la salvadora mañana llegaba para rescatarme.
Es curioso que con el tiempo todas esas pesadillas formaran parte primordial de mi vida y llegara a tolerarlas y más tarde a amarlas, alimentándolas con cientos de películas de terror y creando las mías propias en relatos y demás escritos.
Es curioso.
Como es curioso como te abandonas a veces a los recuerdos y desvarías durante un folio entero sobre tu infancia, con ese sabor dulzón que dejan en la boca los días que ya no volverán, y no sabes si echarlos de menos a alegrarte del tiempo pasado y de todo lo malo que quedó atrás.
Bueno. Mañana publicaré esto, hoy para vosotros, mis amados camaradas blogeros, y ahora me voy a ver la tele, bajo esta luz que tanto me recuerda a aquella que iluminaba mis tardes de niño, con el mismo frío fuera en la calle, con mis viejos monstruos y fantasmas esperándome en la habitación, a pesar de María. Pero ya no me asustan, son viejos compañeros, y están cansados de no ser reales, por eso encuentran reconfortable mi imaginación y mi miedo, que les alimenta, les da un poco de calor.
Felices pesadillas.

Ilustraciones de Ciruelo y Yoshitaka Amano, respectívamente.