Libro VI.
El Señor de Todas las Pesadillas. (Parte IV. Ciudad de Pesadilla)
Cuanto más tiempo paso en las regiones blandas, más las aborrezco.
Nuestra mente es sólida, carne, sangre, tejidos. Todo lo suficientemente sólido para anclarnos a la vida, a la realidad. Una vez nuestros esquemas mentales nos tienen sujetos, con la seguridad de que ninguna tormenta existencial nos va a barrer del mapa, podemos fabricar todos los mundos que queramos o podamos en el interior de nuestras cabezas. Pero esas creaciones son blandas, frágiles nubes de humo y en cuanto nos amenazan, basta con pensar en otra cosa. Pero aquí no es tan fácil. La ceraciones son sólidamente terribles y pueden devorarnos con la misma facilidad que un león devoraría a una cría de antílope. Toda la magia perversa de la raza humana cobra consistencia atroz en las regiones blandas. Si solo con la inteligencia conseguimos ser increíblemente crueles, imaginaros si a esa inteligencia se le uniese el poder de nuestra imaginación y todas aquellas atrocidades que somos capaces de imaginar pudieran cobrar forma.
Pero este pensamiento tan funesto, es a la vez el único que mantiene viva una leve esperanza en mi ánimo. Somos capaces de imaginar cosas terroríficas, pero también somos capaces de idear cosas hermosas. Quizá allá una región de este maldito mundo en el que reina la belleza en lugar de la oscuridad, la armonía en lugar de la locura, y no te aceche un peligro tras cada sombra.
Pero todos eso pensamientos idílicos, ahora mismo, están fuera de lugar, por que, desde luego, la Ciudad de las Pesadillas, no es ese sitio. Como describirlo. No tengo palabras, o más buen tengo todas. Basta con recurrir a todas las palabras con una connotación negativa del vocabulario que conozco.
Cáncer. Desde luego no es una ciudad. Es un tumor palpitante que se extiende a mis pies por un valle de una extensión enorme. Es como si la isla fuera un inmenso gigante y la ciudad fuera un sarpullido en su piel.
Terrible. Esta sin embrago se queda corta. ¿Es solo terrible ver edificios formados por cuerpos humanos usados como ladrillos?. Entrelazados entre si por brazos y piernas, formando muros, tejados. En algunos cuerpos se pueden ver todavía los pantalones y camisas blancas que visten los enfermos mentales que viven en la ciudad situada camino arriba. Los edificios se mueven y gimen, por que muchos de sus desdichados componentes están aún vivos y gimen al ser aplastados, rotos sus huesos, por el peso del conjunto. Esto produce que las paredes de ciertos edificios sangren y las calles, por las que ya paseo, estén empapadas de sangre coagulada, vómitos, excrementos y secreciones de todo tipo.
Así la lista de palabras sería infinita y no me acercaría a describir semejante espectáculo.
Es imposible calcular cuantos desdichados han perecido, están pereciendo en este momento, en la construcción de semejante engendro arquitectónico.
-El mayor problema que tenemos -dice Molly-, es que los materiales de construcción mueren y los edificios se vienen a bajo. Por no hablar del olor, claro. Nuestra ciudad está siempre en construcción.
- Esto es horrible -digo.
-Ya te he dicho que no debes juzgarnos. Estamos hechos con lo peor que lleváis dentro. No sabemos hacer las cosa de otra forma -se queda callada como si oyera algo que yo no puedo captar-. Además, Jack dice que no hay demasiados materiales de construcción en este erial.
Caminamos por las calles y los pies se me quedan pegados la suelo, cada paso produce un sonido asqueroso.
-¿Dónde vamos?
-Al camino que lleva al castillo del Señor. Allí estarán sus guardias, cuando te vean te llevarán hasta él.
-¿Así de fácil?. Me capturan y me llevan ante él. ¿Cómo se supone que voy a vencerle así?
-Todo se explicará en su momento.
A mi derecha. En una loma alta, fuera de la ciudad, puede verse una inmensa nube azul que decora el cielo perpetuamente nocturno. Una maraña de figuras, empequeñecidas por la distancia, parecen salir de ella y dirigirse, loma abajo, hacia la ciudad. Pregunto quienes son y Molly me responde con una enigmática sonrisa en los labios.
-¿No lo sabes? Son las nuevas pesadillas que tus congéneres no paran de soñar y crear. El poder del Señor de Todas las Pesadillas las atrae hasta aquí.
Los miro a ella y a Jack. Realmente, de entre toas las pesadillas que veo en la ciudad, a cual más terrible, ninguna me parece tan odiosa como ellos dos. No se si será por que yo soy su creador.
-¿Y vosotros? ¿Qué significáis? ¿Qué trataba de decirme mi cerebro?
-Me temo que eso tendrás que averiguarlo tú. Es como si alguno de tus dioses te preguntara que significas tú, por qué te ha creado él.
Caminamos durante algunos minutos hasta llegar al límite de los edificios. Allí, un camino serpentea hasta una edificación de formas veladas por la oscuridad. Por el camino desfila una interminable hilera de pesadillas. A ambos lados del camino, unas extrañas criaturas laceran a las pesadillas con unos látigos del color blanco. Deben ser los guardias de los que me ha hablado Molly. Son bastante más altos que Jack. Van desnudos, pero no perecen tener ningún aparato genital ni ningún orificio en su piel blanca, excepto una enorme boca permanentemente abierta y circular llena de colmillos. Ni ojos, ni nariz, nada. Me fijo mejor y veo que los látigos no son tal, sino sus dedos que alargan y encogen a voluntad. Aunque he visto pesadillas con una aspecto bastante más intimidador que los guardias, por alguna extraña razón, nada hasta ahora me ha producido una sensación tan terrible en la boca del estómago. Si los guardias son así, como no será el Señor.
Mi ánimo empieza a flaquear, pero Molly y Jack no me dan tiempo. Me empujan tras un muro y Jack me agarra en una abrazo que casi me ahoga. Lo último que oigo antes de que el dolor ciegue mis sentidos, es la voz de Molly diciéndome justamente eso, que me va a doler. Pero el dolor es demasiado normal y prosaico para explicar lo que siento. La piel de la pesadilla empieza a fundirse con la mía, carne disuelta en carne, hueso absorbiendo hueso. Su piel devora la mía y se me mete dentro, muy dentro, dentro a un nivel molecular, sus átomos fundiéndose con los míos. El dolor es como si me pariesen hacia adentro, si mi existencia se replegase dentro de mi. Luego siento sus sangre recorriendo por mis venas, caliente; finalmente, su esencia empapando mi alma, abrasándome. Cuando todo termina, me miro las manos, me toco el cuerpo, y todo parece estar en su sitio. No siento nada especial dentro. Ni siquiera estoy dolorido. Pero entonces el dolor vuelve y una voz dice en mi cabeza: Ves hacia ellos, te llevarán ante el Señor.
No es la voz de Molly. Es una voz que aunque no he oído nunca, reconozco al instante. Es la voz de Jack.
Comienzo a andar para hacer lo que me pide.