Conoció a Lemeret antes de que se hiciera famoso, cuando no era más que una pintor cualquiera que pagaba insignificantes sumas de dinero a cualquier chica del barrio que quisiera posar para él.Ella no lo hacía por el dinero, ni mucho menos. Desnudarse delante de los pinceles de aquel joven era como salir de la miseria por unas horas. Allí, en el mugriento estudio del pintor, entre lienzos manchados, restos de pintura, botes de comida a medio vaciar por las cucarachas, en medio de ese agujero negro a espensas del mundo, ella no era una perdedora. Allí, justo allí, en ese pequeño fragmento del universo, justo en medio de la nada, cuando él clavaba sus ojos y toda la magía que llevaban detrás en ella, todos los focos la alumbraban y sentía como algo pequeño brillaba en su interior.
Mientras los pinceles vagababan por el lienzo, podía sentirlos acariciar su piel, húmedos, frescos, empapados en pintura como sangre espesa, deseando su carne, queriendo atravesarla para llegar hasta su alma, agarrarla y coserla al lienzo, sujetarla con fuerza contra la tela blanca y dejarla allí para siempre.
Era un mago cruel y despiadado, y ella lo sabía. Su mirada no veía personas, veía geometrías corpóreas perfectas para perpetrar su mundo retorcido y siniestro, ese mundo de sus cuadros, caliente y palpitante, que ella no era capaz de soportar. Cuando dejaba los pinceles y se le acercaba, sus manos eran duras, como de roca. Cuando la tumbaba sobre alguna manta sucia tirada sobre el suelo del estudio, sabía que no la deseaba, que no quería su cuerpo caliente en la forma que los demás hombres lo querían. Sabía que él la acariciaba y la penetraba solo para medirla, para explorarla, para llegar dentro, muy dentro de ella, tan dentro como nadie podría ni querría llegar jamás, tan dentro que pudiera sacar todo lo malo que había en ella, sus temores, su envidia, su odio, su rencor, todo lo oscuro que la llenaba. Le sentía dentro igual que sentía los pinceles dentro de su cuerpo, las manos metidas hasta los hombros, removiendo sus entrañas, buscando todo aquello que pudiera servirle para perpetrar esos crímenes que él llamaba cuadros. Siempre cerraba lo ojos mientras él la poseía, intentando centrarse en el placer, aislándolo para agarrarse a el. Lo importante era no mirarle, esperar el orgasmo lejos de él y de los cuadros que la miaraban de forma burlona desde los rincones oscuros del estudio, cuchicheando entre ellos, riéndose y lanzando miradas amenazadoras.
Desde el primer día había sabido que no podría luchar contra él. Era un demonio. Muchas veces, mientras la pintaba, sus ojos se volvían blancos y lanzaba violentas brochadas contra el lienzo y murmuraba lejanas palabras que ella no podía entender, y era entonces cuando de verdad le parecía que los demás cuadros que ya había pintado estaban vivos y chillaban con desesperada y demencial alegría.
Pero ella seguía acudiendo. Todo era mejor que morir de astío en medio de la mediocridad.
Con el tiempo, él ya no usaba ninguna modelo que no fuera ella, pero sabía que no había ningún absurdo motivo romántico detrás de aquella decisión. Si la había elegido a ella, era porque encajaba perféctamente en sus planes, nada más. Algo en su cuerpo o en sus entrañas era idóneo para el plan.
Sí, siempre tuvo la sensación de que todo era parte de algún terrible plan. Y cuando Lemeret desapareció, el plan le fue revelado.
Sus cuadros llegaron a manos de un marchante que quedó fascinado. Los cuadros se darían a conocer al mundo. La mañana de la inauguración ella estaba allí. Aunque hubiera preferido estar muerta.
En medio de la galería, con las luces haciéndoles obscenas caricias, con todas las miradas clavadas en ellos, los cuadros desplegaban toda la maldad que llevaban dentro. Él había pintado el mal, el mal absoluto que el ser humano alberga. Pero no lo había hecho guiado por un sentimiento artístico, no era una investigación pictórica. Aquello era un canto a la maldad absoluta, una reverencia al dolor, a la crueldad, al miedo. Los cuadros eran crueles, horribles, latían con una furia y una rabia que amenazaban con romper el lienzo y dejar sueltos a los monstruos que guardaban. La obra de Lemeret quería corromper, desquiciar, pervertir a todos aquellos que la contemplaban y dejar mil demonios sueltos por el mundo.
Y en medio de todo estaba ella. El retrato que él le pintó. Desnuda, tumbada en la manta, con la piel blanca brillando de forma antinatural, alumbrada por una luz que ningún ser humano normal podía ver. Era todo aquello que su humanidad y bondad quería desterrar, auquello que debía ser enterrado, que todos los hombres y mujeres debían enterrar. Había sido violada, sentía sus garras hundidas en el fondo de su alma y de su cuerpo, arrancándole sus secretos y pegandolos a pinceladas sobre un lienzo en blanco.
Cuando chilló a todo el mundo que no miraran esos terribles cuadros, la tomaron por loca y supo qu el plan de Lemeret se había cumplido a la perfección.
Pintura: Pubertad, Edvar Munch.


















