martes, abril 24, 2007

Despojos.


Mil perdones. Eso es lo único que se me ocurre. Perdón a todos aquellos que perdíais el tiempo en leer las locuras que se me ocurrían y perdón a mi pequeño blog, esa criatura horrenda y hermosa al mismo tiempo que tantas satisfacciones me ha dado. He vuelto. No sé cuanta gente queda por ahí, ya me iré pasando por los blogs amigos, pues prometo que haré un supremo esfuerzo para no abandonar toda esta empresa. Es que eso de no tener internet en casa acaba pasando factura. Bueno, os dejo con la última infamía que he escrito esta misma tarde.


Es el dolor de sentir que uno mismo no es más que un humano a medias. Persona solo en parte.
Es el dolor que siempre ha guiado, guía y guiará mis pasos.
Los huecos que me faltan los cubren sombras, dudas, complejos, límites. Puentes rotos que solo comunican con mis rincones desechos por el hambre de ser.
Cuando la humanidad no te da cobijo. No la humanidad como ente, sino como cualidad. Cuando la fe es un bálsamo que se evapora y el amor un garfio que te ata a otra medianía.
Los pasos desaparecen tras de ti y delante solo hay asfalto, una esquina, un recodo, puertas pintadas en colores tristes.
La medicina no tiene solución para eso. Ni la religión. Ni la maldad. Solo hay hambre de ser un poco más persona, de subirse al tren en lugar de correr junto a él tratando de ver que es lo que ocurre dentro a través de cristales humedecidos por vaho de vidas calientes, de corazones enfermos pero latientes.
La carne es más rosada al otro lado. Las voces suenan a oxígeno, a entrañas tibias. Todo lo que tu tienes es frío, hambre, carne pálida, corazón negro y pequeño.
Cuando no consigues ser persona te quedas a medias en una duermevela febril que te va consumiendo. Tu cuerpo fracasa, como tu mente, tus creencias se pudren en un proceso irremediable que no culmina hasta que no paras de observar a los demás.
En ese momento lo envidias todo. La más leve brinza de vegetación que recibe la luz solar, el más complejo de los sistemas nerviosos que es capaz de extender todas sus terminaciones hasta límites más allá de lo extra corporal, cuando un olor despierta el hambre cuando la yema de otros dedos tocan un cuerpo extraño. A tu alrededor, todo ceniza. Nada es real, todo se vuelve del color de la desesperanza, el ceniciento color de la hecatombe vital. Caminas por el mundo sumido en tus infiernos y tu cuerpo, cada vez más marchito no es más que un animal indeseable y rastrero que amenaza con dejarte tirado a la más mínima oportunidad de tumbarse el en suelo.
Lo envidias todo y quieres ser como ellos. Quieres llevar lo que ellos llevan dentro, perseguir el vellocino de oro de la normalidad, de la vida tranquila y segura, de los sueños sin monstruos, del sexo dulce y dulzón.
Empiezas, casi sin darte cuenta, como una alimaña a rebuscar en sus restos. Rebuscas en la basura de peluquerías buscando cabellos. Como una sombra a hurtadillas entras en los hospitales buscando restos, un bazo, un riñón enfermo, un miembro amputado. Recolectas estos tesoros como si fueran los ingredientes para una receta mágica que te haga se más humano y lo devoras todo con ansia, ignorando las nauseas primerizas. A veces para encontrase hay que perderse, quizá la forma de ser humano es volver atrás, al principio, convertirse en un monstruo informe y de ahí buscar la forma humana perfecta. Pero pronto ves que los despojos no son suficientes. Es como querer construirse una casa con dibujos de paredes, techo y tejas.
Así que de ahí al asesinato no hay más que un paso.
Ese es el mayor fracaso. Es como tomar un bello cuadro y desgarrarlo para ver como lo ha hecho el autor. Lo que finalmente te queda entre las manos es una amalgama triste e inútil. Has destruido una obra hermosa y al final de las tripas, las sangre, la piel hecha jirones, no hay absolutamente nada. Has andado el camino para convertirte en monstruo pero es un viaje sin retorno. Algunos prefieren ser monstruos que fantasmas que se van consumiendo lentamente. A mi me da igual. Yo solo quería ser una humano normal, pero no hay cura para la falta de humanidad.